La mendicidad, penuria “habitual” en la ciudad

Son decenas, quizá cientos de personas que en las calles han encontrado su forma de subsistencia. En cualquier zona de la ciudad es común ver a quienes no les queda más que recurrir a la mendicidad, a tocar el corazón de los ciudadanos, para poder juntar unos cuantos pesos que les ayude a subsistir.

Una de esas personas que a diario recurre a la ayuda de los ciudadanos es la señora María Hernández, quien a sus 75 años, ha tomado la calle como refugio.

Apostada a las puertas de un negocio enclavado en la avenida Central, doña Mary pasa el día esperando que le regalen unas monedas, las cuales -dijo- usa para comprar sus medicamentos y para comer.

Al igual que ella, en las calles hay otros que se ven sanos, sin embargo, se les ha vuelto costumbre recurrir a esta práctica cada vez más común en la ciudad.

Hay incluso quienes se tornan violentos cuando los ciudadanos no los ayudan, precisamente, porque se han vuelto parte de la mancha urbana de la ciudad, porque durante mucho tiempo han realizado la misma actividad.

María Hernández, usa un bastón para poder sostenerse. Son contados sus pasos, y a pesar de la cuesta se acuerda de muy poco, detalló que es de Chicomuselo donde nació hace 75 años.

Entrevistada por su situación de calle, afirmó que los mil pesos de apoyo que percibe cada dos meses de parte del gobierno, son insuficientes, por eso, tiene la necesidad de pedir la ayuda de las personas que a diario se cruzan en su camino.

A su edad, vive en una posada en la cual no le cobran nada, sin embargo, tiene que conseguir dinero para alimentarse y comprar medicamentos, porque tiene varias enfermedades y al no tener familia, ella sola tiene que ver como hacerle frente a los gastos diarios que se le presentan, no le queda de otra más que pedir “caridad”.

Su voz es pausada, pero mantiene lucidez, la misma que le da para explicar que a diario desde muy temprano sale del lugar donde vive para sentarse sobre la avenida Central y comenzar su peregrinar por unos pesos.

Dijo que casi siempre permanece en el mismo sitio, en la esquina de la 2a Poniente Norte, en donde pasa las horas, sin importar las inclemencias del tiempo.

Al final de la jornada cuenta sus ganancias, las cuales no ascienden a más de cien pesos, pero con eso -dijo- logra comer, y puede solventar sus gastos medicinales. Se asoma una mirada de tristeza cuando recuerda que sus hijos están en otras ciudades, mientras que ella es asistida por personas que no son de su familia, las cuales le dan techo y el calor de un hogar que perdió hace mucho tiempo.

Afuera de un banco enclavado sobre avenida Central y 2a Poniente Norte, a diario se observa a un hombre hincado, con la mano extendida a la espera de recibir la ayuda de los peatones.

Pareciera que no puede sostenerse de pie, pero no es así. Apenas se da cuenta que le toman fotografías se levanta y comienza a insultar, amenazante reclama que no se metan en su vida privada. tal vez se sintió violentado.