La muerte que nos acompana

En México convivimos con la muerte violenta. Llegó como companera natural del narcotráfico y ya echó raíces. México es el sexto país en el mundo en ese tipo de defunciones. Dudoso honor. Hay que parar esa vorágine y contrarrestar la cultura que hace que las nuevas generaciones conciban como natural las ejecuciones, las balaceras en la vía pública, las decapitaciones y los cadáveres sangrantes en las calles. Eso no es propio de un país con equilibrio social.

Ano con ano, las ejecuciones relacionadas con el crimen organizado se superan en número a sí mismas. En 2006 se contabilizaron 2 mil 221 crímenes con esas características. En lo que va de este ano ya van 2 mil 374, con todo y que hace tres meses hubo una aparente tregua entre cárteles enemigos.

Hay estados de la República, por ejemplo Sinaloa, en los que los paradigmas sociales en torno a la muerte se han alterado de manera radical. Los panteones no se dan abasto, el servicio forense ha triplicado personal y el arte joven tiene como fuente de inspiración a encobijados y asesinados. Más de 7 mil personas han sido ejecutadas en la entidad en los últimos 10 anos.

Peor aún, la gente ya no se estremece con la sana de la violencia, pues tiene que convivir con ella a diario, está ya en su cultura. No importa que mueran delincuentes o policías; la frialdad ante el hecho deshumaniza y alarma.

En otras entidades donde los cárteles despliegan su guerra de territorios, se ven casos de total impunidad y ejercicio de fuerza. Como en Ensenada, donde un comando de 50 sicarios rescató a fuego limpio un cadáver de uno de los suyos. La autoridad, en éste y los demás casos, siempre va detrás.

Ni los fastuosos operativos militares implementados desde diciembre pasado, ni la decisión de mandatarios estatales por limpiar sus estados de violencia han dado resultados. Hay que replantear la lucha.

No podemos estar a expensas de que la ayuda venga de fuera o de que la Iniciativa Mérida pase en el Congreso de Estados Unidos; lo que se ve resulta más complejo de lo que originalmente parecía.

Las soluciones tienen que salir primordialmente del país, con más inteligencia anticrimen, con más golpes que en verdad duelan a las organizaciones del narco.

También es un trabajo económico y social, para disuadir a quienes viven en la cultura de la droga y el crimen de ingresar a lo que será, con toda seguridad, su prematura muerte. No habrá sueldos honestos que superen los ingresos que ofrece el narco, pero sí se puede trabajar en contrarrestar la cultura de la muerte en los espacios sociales.

Necesitamos resultados inmediatos para detener esta sangría. De otra forma México seguirá escalando peldanos hasta descontar los cinco lugares que le faltan para ser el país con más muertes violentas en el mundo, lo que nos llenará aún más de vergüenza. (El Universal).