La Navidad no escapa al mercantilismo

La Navidad no escapa al mercantilismo

Toda cultura y toda tradición cambia con el tiempo, destaca el docente e investigador de la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach), Juan Pablo Zebadúa Carbonell. “No es lo mismo la Navidad de hace dos mil años a la de ahora, ha cambiado, y ese proceso es normal; lo que tenemos que tomar en cuenta es qué es lo que gana una tradición y qué es lo que pierde en el transcurso de esos cambios”.

El antropólogo social de la Universidad Veracruzana resalta que estos cambios se tienen que medir de acuerdo a los contextos en los cuales el patrón cultural está activo.

Navidad y el mercado

El doctor en Estudios Interculturales y Sociedades Multiculturales sitúa a la Navidad en nuestros tiempos, los de la globalización y la postmodernidad, donde “lo que podemos percibir es que, junto con otras grandes y fuertes tradiciones familiares que se llevan a cabo en México, están inmersas dentro de una dinámica de mercado”.

Actualmente, explicó, “vivimos en una época de postcapitalismo o capitalismo salvaje, donde todo se mide en ámbitos mercantiles”; y bajo esa visión se influye en el actuar de la gente de forma individual y colectiva.

“Las tradiciones ahora mismo están atravesadas por esos controles del mercado, y la Navidad no está exenta de ello”; sin embargo, resalta que no hay que caer en esa visión apocalíptica de “todo es venta, todo es regalos materiales, porque eso, siempre ha existido”.

Las plazas, centros navideños

Lo importante es estar atentos en “qué es lo que se gana y qué es lo que se pierde”; y actualmente se le está dando “mucha prioridad a que los centros de reproducción” sean las plazas o centros comerciales donde se venden cosas, ahí es donde se plantea la interacción de las personas. La convivencia e incluso los “sentimientos navideños” se manifiestan en estos lugares, más allá de los hogares.

“Aquí el pretexto es ir a comprar cosas, hay una transacción de productos; qué yo puedo dar y qué me pueden dar, y se le da la prioridad a esta catarsis simbólica que se manifiesta en un momento en que se recibe o se regala algo, o comprarme y regalarme algo, esto se vuelve formas de significar; antes, lo más significativo es que se trataba de una de las pocas veces que la familia entera podría estar junta”.

En términos estrictos de las actividades sociales, dijo, las fechas decembrinas suelen ser de las únicas ocasiones donde se reencuentran las personas con sus familias, enmarcadas en los días 24, 25 de diciembre y el Año Nuevo.

Si bien la convivencia familiar sigue siendo un pilar de la Navidad, “las prioridades cambian debido a los contextos”, incluso afectando a los ámbitos rurales o indígenas, que también “se ven cruzados por la atención de los medios de comunicación o redes sociales, lugares donde se impulsan estos símbolos”.

¿Qué se pierde, qué se gana?

La pregunta gigante de la antropología, es si las tradiciones se pierden. En la perspectiva de Zebadúa Carbonell estas se transforman, “y no quiere decir que eso sea malo, pero hay que cuestionar, qué se pierde, qué se gana y si sigue viva”.

Sobre que se ha perdido, destaca, ha sido el mensaje de estar más cerca de la familia, el cual “se ha dejado un poco de lado, junto con los contactos amistosos y las relaciones sociales, las cuales ya no pasan por el entorno familiar, sino se trasladan a otros espacios, como las plazas comerciales, donde opera otra forma de ver y sentir estas fechas”.

Colectividad, la ganadora

Para el investigador, lo que se ha ganado es ver a la Navidad sin tanto romanticismo, con un freno a la fuerte tendencia católica, que se remarcaba que en estas épocas y que manifestaba en que “deberíamos ser mejores personas ese día, o un mes; cuando la intención es ser buena persona todo el año”.

Actualmente “la intención es que esta fecha se celebre para recordarnos que somos imperfectos, que somos gente que tiene que estar pensando y recordado, siempre, que la fraternidad no es una cosa de una época, ni de un comercial, de una marca de televisión, más bien es un acto de vida”.

Sostuvo que “también se piensa en un bien colectivo, que exista prosperidad y paz, no para uno, ni para una familia, o algún país, sino para todo el mundo, dejando de lado el pensamiento egoísta, una inocencia artificial creada precisamente por los medios de comunicación; ahora y mucho, se ha cambiado la conciencia de que no basta ser buenas personas sino buenas sociedades”, concluyó.