La paradoja de la pluralidad

"Francisco ValdésUgalde * SUN



Esde que el país entró de lleno en la alternancia política, buena parte de los problemas o, mejor dicho, los problemas fundamentales del país remiten a la necesidad de construir acuerdos de convergencia entre varios partidos. Sin ellos no es factible la formación de consensos para que las alternativas de política pública se constituyan en ""políticas de Estado"".

El país se enfrenta en este punto a una paradoja. Por una parte, cada opción electoral debe presentar su programa como el mejor y más competitivo en comparación con los demás; pero, por otra, cualquiera que gane las elecciones requerirá del apoyo de fuerzas ajenas a las propias sin las cuales no puede gobernar. Este fenómeno seguirá ocurriendo mientras el electorado distribuya sus votos de tal forma que dos mayorías distintas conformen el Poder Ejecutivo y el Legislativo. Así ha ocurrido en dos elecciones federales consecutivas y nada indica que habrá un cambio en el futuro inmediato.

Si estuviésemos en una situación en que los actores políticos reconocieran la profundidad de este fenómeno, sería dable esperar de estas mayorías encontradas una disposición a la negociación de sus posiciones fundamentales con tal de conseguir un equilibrio estable en el abordaje de los problemas centrales. Pero no existe ni la actitud ni los mecanismos que la faciliten.

De ahí que estemos atorados en una puja en la que cada actor saca más provecho que desventajas en la explotación de las diferencias y muy poco de la búsqueda de acuerdos. A pesar de que han pasado casi 10 anos de predominio del pluralismo político en el país, no se ha podido alcanzar el consenso necesario para avanzar en acuerdos fundamentales sobre el manejo fiscal, el problema energético, la política laboral o la impostergable transformación de las instituciones.

A menos que una sola alternativa política obtuviera simultáneamente mayorías calificadas en el gobierno y los órganos de representación, la perspectiva seguirá siendo una en la que o se alcanzan acuerdos fundamentales o el país se mantendrá en un relativo estancamiento.

Las evidencias sobre las preferencias de los electores en las encuestas muestran que sigue predominando una opción por la pluralidad que no dará el poder mayoritario a un solo partido. Y es comprensible que así ocurra por dos razones. Una es la conformación del sistema de partidos que da lugar a tres formaciones principales y otras de menor envergadura. Este sistema incentiva la diversificación del voto y desfavorece su concentración.

La otra razón es el peso de la memoria histórica. Parece que los mexicanos aprendimos la lección de que el monopolio del poder o las mayorías estables a lo largo de periodos prolongados conducen a malos resultados en la satisfacción de los valores que habitan en la conciencia pública. Así aprendimos a controlar el poder mediante el voto. Sin embargo, también es cierto que nos hemos quedado a medias. Las reformas del sistema electoral en los anos 90 hicieron realidad la aspiración de que los votos cuenten y se cuenten. Pero dejamos de lado la reforma de las instituciones de gobierno indispensable para conseguir buenos resultados en materia de política pública.

La emergente clase política del pluralismo identificó casi completamente el cambio democrático con la transformación electoral. No reparó suficientemente en el hecho de que el largo periodo histórico del sistema presidencialista de partido hegemónico inscribió el autoritarismo en las instituciones de gobierno del Estado. Ese énfasis arrojó un saldo positivo y otro negativo. El primero fue dar carta de naturalización al viejo anhelo del sufragio efectivo. El lado negativo, en cambio, fue que al reducir el autoritarismo al sistema electoral se dejó pasar de lado un sistema de gobierno concebido para gobernar autoritariamente. Muchos pensaron que con el respeto a las elecciones se conquistaría un Estado democrático; que la majestad de la República emergería de la transparencia de las urnas. Pero no fue así.

Nos pasó lo que al sonador de pesadillas del cuento de Augusto Monterroso: "".y cuando despertó, el dinosaurio aún estaba ahí""; sólo que ya no tenía la forma de un partido, sino la de una estructura de gobierno que repite mecánicamente los vicios autoritarios con independencia de quien lo ocupe. zO acaso se ha superado la corrupción como fenómeno generalizado, o la discrecionalidad de las decisiones, o la impunidad del alto funcionariado, o la dificultad para llamar a rendir cuentas.?

No. Estos vicios son patentes en las prácticas del poder y participan de ellos todos y cada uno de los partidos que han alcanzado los distintos órganos de gobierno.

Para colmo de paradojas, la reforma electoral que fue posible por la presión de las oposiciones y la conciencia social requirió de otro ingrediente: la presencia de un ""ogro filantrópico"" que al controlar los dispositivos fundamentales del poder cedió, finalmente, a la voluntad democrática. Hoy en día no hay ningún actor unificado que por sí solo pueda inclinar la balanza a favor de las reformas pendientes. Es evidente que esta situación está impregnada de fragilidad. La dinámica de la competencia política hace poco plausible la convergencia en consensos de Estado, pero una vez que una opción se hace del gobierno necesita convergir con otros si quiere evitar la irrelevancia.



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Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

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