"A Muhammad Yunus le habrían podido conceder el Premio Nobel de Economía, por la creación de su banco de microcréditos en Bangladesh, sin embargo, le otorgaron el de la Paz, bajo el argumento de que ésta sólo se podrá alcanzar a través del combate a la pobreza.
Este peculiar criterio, utilizado por el Comité noruego del Nobel, es plausible por su pragmatismo, toda vez que lo que se requiere con urgencia ya no son discursos pacifistas en abstracto, sino acciones concretas que reorienten la diplomacia y el gasto de las naciones hacia la solución de los grandes problemas del mundo, destacadamente la desigualdad en los ingresos.
Vale reconocer el esfuerzo de quien se propuso transformar la lógica bancaria en favor de los más desposeídos de su país, sin romper con las reglas del capitalismo clásico, pero con un alto sentido social, sin asomo de asistencialismo ni paternalismo, confiando en la capacidad creadora de la gente.
Esto, ciertamente, es más útil a la paz que los preceptos clásicos de contención esgrimidos por las superpotencias que pretenden decidir quién sí y quién no entra al club nuclear.
Otro Premio Nobel de la Paz, el mexicano Alfonso García Robles, dijo durante su discurso de aceptación del mismo galardón, en 1982, que ""la humanidad se halla ante un dilema: debemos detener la carrera de armamentos y proceder al desarme o enfrentarnos a la aniquilación"".
Gabriel García Márquez, mexicano por adopción, e igualmente galardonado en Estocolmo, recordó unos anos después, en el curso de un infructuoso intento de promover el desarme nuclear, que con lo que costaban entonces dos submarinos atómicos Tridente, de Estados Unidos, podía intentarse por fin ""la fantasía de la alfabetización mundial"".
El caso es que seguimos en lo mismo. Corea del Norte hace ensayos nucleares esta semana mientras su población sufre carencias. Los que ya tienen las bombas ponen el grito en el cielo, pero poco o nada hacen para multiplicar programas similares a los de Yunus.
Es verdad que el Grameen Bank no ha estado exento de críticas, válidas muchas, desde el punto de vista estrictamente financiero y regulatorio, y que Yunus, a quien sus detractores consideran más un gran orador que un gran emprendedor, ha dependido más de lo deseable del gobierno de su país.
Sin embargo, la idea de invertir en los pobres, de hacerlos sujetos de crédito, venga de donde venga, amerita ser premiada.
Prestar a los olvidados del planeta, nos dicen los economistas ortodoxos, es un error, por las altas probabilidades de que el crédito no sea devuelto. Si se es mujer, peor todavía, porque potencialmente tienen menos probabilidades de realizar actividades productivas que generen ganancias. Yunus obvió todo esto y se arriesgó, en 1976, a crear un banco de los pobres, que hoy día tiene una tasa de retorno de créditos del orden de 98 por ciento. Eso sí, no presta al consumo, sino a la inversión productiva.
Son ideas como éstas las que transformarán al mundo. Las que, desde un punto de vista revolucionario, pero no violento, modifican la forma de vida de la gente. No será con bombas nucleares, sino con comida, con medios para prosperar, como podremos ser un mundo viable. (El Universal).
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