Toda la magna tarea desarrollada por el Instituto Federal Electoral para organizar las elecciones federales de 2006 comprende poner a punto la estructura completa de la votación, la capacitación de los funcionarios electorales, la incorporación de ciudadanos y representantes de partidos y candidatos, el cómputo, la resolución de contingencias, la fiscalización del gasto de los partidos y la supervisión del acatamiento de las disposiciones legales, entre otras, pero esto queda anulado ante la decisión individual de cada ciudadano de no acudir a votar.
Al no sufragar se está renunciando a un derecho y eludiendo una responsabilidad central en todo sistema democrático, que es participar en la elección de quienes habrán de encargarse del gobierno de todos.
Por eso constituye una tarea fundamental la promoción electoral, la convocatoria al voto que hacen tanto los organismos electorales como los partidos, los candidatos y los medios de comunicación.
EL UNIVERSAL auspició un foro sobre el voto de los mexicanos en el extranjero, en el cual participaron consejeros electorales y académicos colaboradores de estas páginas de opinión, para revisar a fondo las formas de promoción electoral y las motivaciones que la gente tiene para votar o no votar. De esta reflexión plural se desprende que es necesario optimizar la promoción, para lo cual es requisito que el IFE se organice con plena eficiencia, de suerte que a corto plazo pueda ofrecer al país mejores resultados, que hasta ahora son magros, sobre todo en el caso del votoen el extranjero.
Pero es justo reconocer que en contra de esta promoción a favor del sufragio actúan los propios partidos y los candidatos cuando caen en conductas muy cuestionables, sin olvidar que los funcionarios públicos surgidos de esos partidos también ponen su parte a favor o en contra.
Votar es elegir y elegir es decidir. Se promueve la votación para que las elecciones sean sancionadas por el mayor número posible de ciudadanos, lo que contribuye en la legitimación del resultado. Por eso resulta de la mayor relevancia multiplicar los esfuerzos en promover el voto en el extranjero y por supuesto en territorio nacional.
Si escoger entre dos opciones es viable, decidir entre tres o más, como ocurre en México, provoca una división de los sufragios que lleva a que el presidente sea elegido por 37% de los votantes, no de los ciudadanos. Si votara la mitad de los electores, esto plantearía un serio problema de representatividad y por consiguiente de credibilidad.
Aun con los recortes presupuestales de último momento, el IFE cuenta con dinero proveniente de los impuestos, por lo menos suficiente para organizar, administrar y promover las elecciones, y debe ser más eficaz en reforzar sus campanas. No es asunto de papeleo, sino de estrategias efectivas.
El ciudadano puede simplemente tomar distancia de la actividad política que no le satisface, o lo avergüenza, o esperar a conocer proyectos de gobierno realistas, viables, con sus cómos bien resueltos, y aceptables, enfocados por sectores de jóvenes, mujeres, indígenas, trabajadores para acudir a las secciones electorales y depositar su voto.
Nos inclinamos por que el ciudadano vote, por que contribuya con su voto a la pacífica transición política del gobierno, a la estabilidad nacional y al desarrollo democrático.
Para ello, por supuesto, es indispensable que el IFE, con gastos razonables, sin derroches que ofenden y sobre todo con estrategias eficaces, convoque a votar dentro y fuera del país; pero ante todo es imperativo que los partidos y los candidatos ofrezcan a los electores propuestas viables y dignas, no escenas de rivalidades contaminadas por la codicia del poder o por la presencia de mafias y corrupción. (El Universal)











