La rebatina por Juárez

"Oportunismo y mentira rondan el bicentenario del ilustre oaxaqueno don Benito Juárez. Muchos que demolerían gustosamente la estructura republicana a la que él puso cimientos, lo colman de elogios, sabedores de la solidez de su brillante fama nacional e internacional. Honrar a Juárez los honra, creen.

El primer presidente indígena de América mostró desde hace siglo y medio la potencialidad de las virtudes y talentos de los originarios habitantes de esta tierra. Sus orígenes no fueron un inconveniente para estudiar leyes, lo que lo llevó a ser juez, gobernador, ministro y presidente de la incipiente República Mexicana. Fue un ferviente defensor de la soberanía nacional, misma que hoy parece estar en desuso, y fue extremadamente riguroso con el conservadurismo decimonónico y combatió la intervención extranjera.

Tanto las Leyes de Reforma como la Constitución de 1857 son el andamiaje legal que edificó una sociedad moderna, laica, republicana, soberana. Ahora podemos decirlo en un par de líneas, pero entonces significó remontar intereses e ideologías muy arraigadas, con firmeza de carácter y con el apoyo del grupo de liberales que lo acompanó en la gesta. Dispuso que el Estado, que comprende a creyentes y no creyentes, debe ser laico para garantía de todos. Ser laico es ser libre, independiente, neutral, no antirreligioso. En su época se tomó plena conciencia de la nacionalidad mexicana, y el liberalismo que prohijó se mantiene hasta la fecha con su buena dosis de tolerancia y de pluralidad.

La figura y la lección de Juárez son de todos los mexicanos. Nadie puede pretender apropiársela.

Sin embargo, ayer mismo fuimos testigos de la cauda de declaraciones que, con el pretexto del prócer, intentaron acumular beneficios electorales y mostraron posiciones divergentes, no sólo en torno de la idea de país que él mantenía, sino a su ideal de Estado. Muchos de los declarantes, ayer, estuvieron más interesados por mostrarse juaristas que por ser, efectivamente, juaristas.

La rebatina por Juárez es una pugna mezquina, comprensible cuando se presencia una despiadada lucha por el poder, pero injustificable a la luz de los retos nacionales que han estrechado los horizontes de cada mexicano.

Juárez es el hombre que representa la consolidación del Estado mexicano. Es, por tanto, el hombre que construyó la nación que hoy tenemos y que parece perderse en las voces de unos cuantos que ambicionan gobernar a esta nación, sin comprender que un Estado se construye con ideales, con fortalezas, con ánimo renovador y con espíritu nacional. Las luchas por lo individual, por lo mezquino, por alcanzar el poder, por el poder mismo, son tan lejanas del espíritu juarista como de la construcción de una nación. ""El respeto al derecho ajeno es la paz"", dijo. En siglo y medio nadie ha sido capaz de movilizarnos con la fuerza de esas ocho palabras.

Juárez, con todo en contra, se moldeó primero a sí mismo, y después moldeó a su patria. Superó las adversidades alentado por sus principios y tuvo la habilidad política de rodearse de los mejores hombres de su época, una generación difícilmente igualada por su patriotismo y su integridad personal e intelectual. La República Restaurada es el momento cumbre del espíritu juarista, irrepetible hasta ahora, pero siempre pendiente de recuperarse en sus libertades, en su ideal social y cultural.

No es Juárez digno de manipulaciones oportunistas, sino de que se le conozca y entienda para desprender de allí lecciones que nos ayuden en el presente. Los rituales, las guardias de honor y los ditirambos son la parte decorativa del homenaje, pero no es, esencialmente, el homenaje. (El Universal).

"