La democracia tiene como eje la elección de representantes populares, que legislen y gobiernen a nombre de la mayor parte de la sociedad, que los ha ungido vía las urnas. Existe, para ello, el sistema de partidos y éstos son la vía por la cual los ciudadanos que aspiren a gobernar puedan tener canales de conducción ideológica e institucional para afianzar sus aspiraciones.
Por eso es tan importante que los partidos políticos elijan bien a sus candidatos, porque, de ser favorecidos por el voto, en ellos recaerá la delicada tarea de hacer la interlocución de lo que los mexicanos anhelan en los órganos de gobierno. Por fortuna, de unos anos a la fecha, y como logro de la sociedad civil, se ha implantado en el país una cultura de la transparencia y la rendición de cuentas, que permite conocer la historia personal de cada individuo que busque colocarse en la esfera de lo público. Ello favorece que poco a poco sea más difícil que personajes de dudosa procedencia y conducta logren colarse con facilidad a las listas de candidatos de los partidos políticos.
Esto a propósito de lo que sucede en el Partido Alternativa Socialdemócrata, cuyo candidato a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, Gustavo Jiménez Pons, ha sorprendido por la cantidad de conflictos judiciales en los que se ha visto envuelto en el pasado.
Independientemente de la manera en que el ahora candidato haya hecho frente, en su momento, a dichas situaciones y cómo se solucionaron, resulta revelador que en los métodos de selección de sus candidatos, el Partido Alternativa o ignoró los antecedentes de su representante para contender por la Jefatura de Gobierno del DF, o los obvió, lo que en ninguno de los dos casos puede ser buenas noticias para nuestro sistema de partidos ni para la democracia mexicana. Los partidos, cualquiera entre todos, deben ser rigurosos en la selección de sus representantes, para de veras sólo abanderar a aquellos que representen lo mejor de sus filas, a los más capaces y a los que tienen mayor talento y voluntad.
La sola tendencia y reiteración de problemas con la justicia, de cualquiera de sus aspirantes, deberá ser revisada con rigor por las dirigencias partidistas que son las que hacen la selección definitiva de sus candidatos. Necesitamos partidos fuertes, con militantes convencidos de su proyecto de nación y que estén en la actividad política por auténtica vocación de servicio.
No cabe la menor duda de que el país cuenta con gente nueva, cuya inteligencia, voluntad, vocación y capacidad les permitirá incorporarse a la lucha partidaria sin ningún problema y de ahí conducir a nuestro país. Es una atribución de los partidos hacer que esta gente acceda a los cargos de representación popular con el mejor historial público exigible. Pero, al mismo tiempo, es también una gran responsabilidad para los institutos políticos.
Es bajo esta rigurosidad como se construyen instituciones fuertes y se generan hombres de Estado. Mucho cuidado debe haber, entonces, para que cada aspirante sea pasado por estrictos filtros de evaluación y la ciudadanía tenga, al final, la certeza de que quienes le están pidiendo el voto son los que deben hacerlo. (El Universal)











