Triste y doloroso, el drama de los 65 mineros que quedaron atrapados desde el domingo pasado en el socavón de Pasta de Conchos, en San Juan Sabinas, Coahuila. Es una tragedia que es de todos los mexicanos. Y es también indignante y muy dolorosa la larguísima y letal historia de explotación y muerte de los hombres que bajan a las entranas de la tierra para extraer riquezas que son para otros.
Generación tras generación, no hay familia de mineros que no tenga al menos un muerto en cada etapa. Con su casco de lámpara al frente, botas, cinturón de trabajo y unas cuantas herramientas, el minero labora en medio de la oscuridad, el calor, la humedad y los gases extranos y a veces mortales que emanan del fondo del mundo. De pronto, una súbita explosión y un derrumbe los atrapa...
Entonces, cámaras y micrófonos rodean la entrada de la mina y se abocan al episodio del día, pero poco hurgan en el entorno de la actividad minera, encuadrada en un sistema que absorbe todo lo que puede y da lo menos que es posible.
El minero mexicano gana en promedio 3 mil pesos al mes, 36 mil al ano. En ese mismo lapso, un minero estadounidense percibe el equivalente a 654 mil pesos, es decir 55 mil pesos mensuales. Para igualarlo, un minero mexicano debería trabajar 18 anos.
En Estados Unidos, según el vicepresidente de la Asociación Nacional de Minería, Carl Raulston, un trabajador del ramo gana el doble de un obrero industrial. Aquí gana poco más que un campesino y menos que un lavacoches.
La comparación desventajosa no se agota en los salarios. Las condiciones de seguridad en la minas estadounidenses son óptimas y los trabajadores de esas minas están capacitados para manejar tecnología avanzada y operar con computadoras.
Aquí, apenas 25 de los sesenta trabajadores atrapados estaban inscritos en el Seguro Social. Afuera de la mina, dirigentes de la Industrial Minera de México, funcionarios y líderes sindicales se muestran afligidos ahora, pero del pasado reciente sólo se filtran versiones de riesgos inminentes, detección de gas grisú, renuencia de los trabajadores a continuar trabajando sin adecuadas medidas de seguridad, versiones seguidas de contundentes desmentidos y afirmaciones sobre la pertinencia de la operación de la mina. Es decir, todo, menos dejar de extraer el carbón, que significa ingresos.
Ahora, el patrón se apresta a prometer becas, apoyos e indemnizaciones. No vaya a ser que ahora sí lo sometan a la reglamentación de seguridad industrial y minera.
Pasta de Conchos es un nombre que recuerda Barroterán y Angangueo, entre otras minas marcadas por la tragedia.
Lamentemos lo que está sucediendo, pero no nos permitamos olvidar ya, en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, las condiciones de vida de los mineros mexicanos, valientes y esforzados, leales y productivos, que perforan laberintos en el seno de la tierra para nutrir las industrias de la superficie, donde sus colegas privilegiados están mejor compensados por un trabajo nada infernal.
Los líderes que han hecho fortuna económica y política como dirigentes de los mineros, las autoridades que tienen la responsabilidad de proteger a los trabajadores y las empresas que prosperan a costa de los pulmones y la vida de los mineros, tienen el deber de replantear, ya, las condiciones laborales de sus empleados, para colocarlas por encima de los de otras tareas menos ingratas. Junto a quienes hoy sufren esta pena, estamos nosotros. Ahí estamos. Pero también exigimos; reclamamos justicia para todos ellos, que es la justicia para todos nosotros. (El Universal).











