El 31 de marzo de 1960, un grupo de jóvenes chiapanecos integrado por Jorge Narváez Domínguez (jefe de la expedición), Maximiano Hernández Castillejos (segundo jefe), Martín Pérez Chamé (tercer jefe), Eneas Cano Zebadúa, Salvador Hernández Castillejos, Ramón Alvarado Zapata, Nabor Vázquez Juárez y Rodulfo Castillejos Sánchez, denominado Grupo Explorador “Pañuelo Rojo”, después de una intensa capacitación física de seis meses, se aprestaban a realizar la primera exploración por todo lo largo y ancho del majestuoso e imponente Cañón del Sumidero, mismo que es atravesado por el caudaloso río Grijalva. La histórica hazaña principió en la isla de Cahuaré, municipio de Chiapa de Corzo.
La expedición contó con pocos apoyos económicos (tanto de la sociedad tuxtleca como del gobernador del Estado), pero esa carencia se suplió con mucho valor y energía de parte de sus componentes. Días antes, don Maximiano Hernández había sugerido el nombre de “Grupo Explorador Pañuelo Rojo”, por ser el color de los paliacates que usaban y por ser el tipo de pañuelos que siempre habían acompañado en sus luchas a los héroes nacionales. El grupo fue fundado el 25 de agosto de 1959.
En canoa, se dirigieron lentamente río abajo hasta el paraje La Ceiba.
–“¡Paraje La Ceiba a la vista... Paraje La Ceiba a la vista!” –gritó entusiasmado Martín Pérez, tercer jefe de grupo.
–“¡Ya estarás Cristóbal Colón!” –respondió irónicamente Eneas Cano, fotógrafo del grupo.
Ya en el paraje La Ceiba, al grito de: “¡Viva Tuxtla!... ¡Viva Chiapas!... ¡Viva México!”, Jorge Narváez, primer jefe de grupo, ordenó se hiciera la travesía.
Al principio, la navegación fue fácil, pues una pequeña parte del río era navegable. El caudaloso río grande de Chiapa o Grijalva entra por un Cañón (del Sumidero), muy accidentado por el número de rápidos, zona pedregosa y el calor sofocante. El Cañón del Sumidero, exrefugio sagrado prehispánico de los indios chiapanecas, principia en el puente Belisario Domínguez, más adelante se encuentran los rápidos (raudales) y caídas. Tres raudales gigantes guardaban celosamente la entrada.
El Cañón del Sumidero
La aventura fue sumamente peligrosa. Nadie había podido atravesar el Cañón sin haber muerto en su intento. La naturaleza chiapaneca se mostraba ante sus ojos en todo su esplendor. ¡Qué bello era contemplar aquel paradisíaco paisaje lleno de colorido, de exóticas flores (orquídeas y helechos), de insólitos animales silvestres y de singulares cascadas! Las selvas de las márgenes del río Grijalva estaban pobladas por venenosas serpientes, iguanas prehistóricas, gatos montés, monos, venados, zorrillos, osos hormigueros, jabalís, pumas, jaguares, dantas, pavones azules, águilas arpías, pericos, guacamayas, tucanes, etc.; y las aguas por feroces y descomunales cocodrilos. El calor que se sentía durante el día era sofocante, asfixiante, de 50° centígrados, y por la noche bajaba la temperatura a menos de 10° centígrados.
En la primera noche que pasaron dentro del Cañón del Sumidero, el sueño de los audaces exploradores fue arrullado por el rumor del río. La oscuridad era espesa. Temerosos, los exploradores no podían conciliar el sueño. Sin embargo, sólo el cansancio pudo vencer a los intrépidos exploradores. Después de un día muy agitado, por fin pudieron dormir para recuperar fuerzas. Millares de insectos hicieron presa de los extraños que se habían atrevido a aventurarse en el Cañón del Sumidero.
La travesía del Cañón se hizo a nado, a pie y en una “cámara” de tractor, llamada “La Negra”, y por cable por los altos y estrechos acantilados. Después caminaron por las limpias lajas calizas y treparon por las enormes rocas. Sin embargo, la verticalidad de las paredes y la falta de orillas impedían seguir avanzando, así como las afiladas rocas chicas y grandes. Sin mapas de los raudales, playas, poblados, datos climáticos y sin equipo náutico se hizo la travesía. ¿Qué peligros les esperaba dentro del Cañón? Aún no lo sabían.
En la travesía, el tiempo era corto; no podían desperdiciar un sólo minuto. Si les llegaba la noche allí se quedaban. No podían correr riesgos, menos aún cuando estaban colgados de los cables en los altos acantilados: Colosales paredes cortadas a tajo de 1000 a 1300 metros sobre el nivel del río.
El caudaloso río Grande
La recia corriente del río Grijalva, traicionera en tramos, no permitía atravesar a nado las partes más difíciles. Pero las estrategias de Jorge Narváez y su segundo a bordo, Salvador Hernández, siempre fueron las adecuadas. Dos balsas, “la amarilla” y “la negra”, auxiliaban a los exploradores. Las aguas eran engañosas: a veces se tornaban tranquilas, mansas y frescas; pero otras veces eran turbulentas, rápidas, verdaderamente fieras. A veces eran aguas verdes oscuras tranquilas; y otras, blancas, espumosas, feroces. Los saltos eran de 5 a 6 metros de altura. En toda la travesía se encontraron 30 rápidos, 5 cascadas, 3 playas, 2 manantiales y un encajonado de sólo 3 metros de ancho.
En la medida que avanzaban los exploradores, mochila al hombro, el calor se hacía más sofocante. El río rugía como león lastimado. Las aguas corrían río abajo con prisa, con coraje y con rugidos cada vez más fuertes. Se estrellaban una y otra y otra vez contra las enormes rocas. De sus fauces salía espuma blanca. ¿El río Grijalva estaba enfurecido por la presencia de los 8 intrusos? No lo sé.
Los exploradores no sabían con precisión el curso de la corriente del río. Los víveres se tenían que llevar a cuesta por agua, por las rocas o por cables. Las rocas formaban canales sumamente angostos a los que tenían que pasar con mucha precaución, lentitud y peligro. El paso de “La Coyota” y “La Gran Curva” fueron las más difíciles de pasar. En compensación, pudieron admirar “La Cascada del Sumidero” y “Solo Dios”, este último es el lugar más bello del Cañón del Sumidero, a decir de los exploradores. Es el lugar de la eterna primavera, porque todo el año llovizna. Su vegetación es exuberante, paradisíaca.
De pronto, un gigantesco cocodrilo con las fauces abiertas, trató de atacar a los expedicionarios, por lo que Eneas Cano le hizo tres disparos con una pistola calibre 22, dando uno en el blanco. El cocodrilo huyó despavorido. Más adelante, cerca del campamento “Pañuelo Rojo”, otro cocodrilo atacó a los exploradores, pero nuevamente le dispararon, hiriéndolo ligeramente. Los disparos provocaron el espantoso chillido de cientos de monos que arrojaban palos y ramas a los intrusos.
–“¡Lagarto a la vista!” –se escuchó el grito del vigilante. Inmediatamente, sin pérdida de tiempo, Maximiano Hernández disparó al gigantesco cocodrilo que amenazaba al grupo de exploradores, quien al sentirse herido se arrojó a las aguas del Grijalva.
A lo largo del Cañón había varias cascadas y raudales que tenían que ir sorteando poco a poco. Ya no podían retroceder, ya era demasiado tarde. Gigantescas iguanas prehistóricas salían al paso de los intrépidos exploradores, espantándose entre sí. Debido a lo inhóspito del lugar, los exploradores acampaban en la arena de las riberas, entre las rocas llenas de musgo o colgados en los acantilados. Las playas estaban llenas de lagartos. Una espesa nube de murciélagos cubría invariablemente el cielo a las seis de la tarde.
Más adelante, Maximiano se encontró con una iguana gigante que medía, de la cabeza a los pies, tres metros; mismo que fue sacado del Cañón por Eneas y llevado al zoológico de Tuxtla Gutiérrez para su exhibición.
El jueves 7 de abril a las 17:50 horas, milagrosamente salieron del Cañón. Sumamente emocionado y nervioso, Jorge Narváez gritó:–“¡Muchachos: Misión cumplida!...–“¡Sí, por fin hemos conquistado el Cañón del Sumidero! –comentaron contentos los expedicionarios, que lucían orgullosamente su vistosa ropa en tela de dril color rojo.–“¡No, nosotros no conquistamos el Cañón del Sumidero; él nos conquistó a nosotros!”, comentó Jorge Narváez, jefe indiscutible del grupo.
El 8 de abril de 1960, por fin llegan los exploradores a Playa Grande, municipio de Chicoasén, cansados, llenos de sudor, con la ropa sucia y semirrasgada, las barbas crecidas y visiblemente flacos. Los expedicionarios fueron recibidos como héroes por los habitantes de los municipios vecinos. La travesía fue ardua, extremadamente peligrosa y fascinante. Los expedicionarios habían recorrido 25 largos kilómetros sin equipo náutico apropiado. El imponente Cañón del Sumidero fue vencido por los intrépidos exploradores del “Pañuelo Rojo”.
Los locutores de la XEON, Ricardo Palacios Anzá y Romeo Pascasio, se hicieron populares, y hasta famosos en Tuxtla, por haber narrado paso a paso esta sensacional hazaña.
Los expedicionarios fueron llevados en hombros al Palacio de Gobierno del Estado. El gobernador, doctor Samuel León Brindis, los recibió personalmente y los felicitó por el éxito alcanzado. Los periódicos “La Tribuna”, “El Heraldo” y “El Sol de Chiapas” dieron a conocer el hecho insólito: “La conquista del majestuoso Cañón del Sumidero fue lograda por ocho muchachos de Chiapas”. La radiodifusora XEON hizo lo mismo. La historia ya registra los nombres de estos primeros expedicionarios.












