"En la terrible aventura que tal vez llevó a la muerte de cinco estudiantes mexicanos en un campamento de la guerrilla colombiana en Ecuador queda manchada, aunque sin culpa, la imagen de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El que una organización extremista cuente con simpatizantes en la UNAM no es raro. Después de todo, se trata de un espacio de pensamiento abierto donde predominan los jóvenes, que con ideas mayormente idealistas y aun idealizadas son fácilmente convencidos por la aparente o real justicia de tal o cual movimiento.
La UNAM, y en especial sus facultades y escuelas del área de humanidades, es campo fértil y fácil para tales grupos, nacionales y extranjeros, como parece evidente ahora, tras las revelaciones de la existencia de una red de simpatizantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la principal casa de estudios del país.
Fue precisamente la existencia de la red de simpatizantes de las FARC, en coexistencia con uno de la miríada de grupúsculos ""revolucionarios"" que tienen presencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la que llevó a la asistencia de mexicanos a un congreso seudoacadémico sobre las FARC en Quito, y de ahí a su visita a un campamento guerrillero en la frontera con Colombia.
Las víctimas mexicanas del fin de semana son tanto víctimas de las bombas colombianas como del engano ""revolucionario"" que los llevó a acercarse a la línea de fuego de un conflicto civil tan anejo como salvaje.
La terrible realidad que encontraron puede hacer que alguno se fortalezca en su ""fe revolucionaria"", pero tal vez alguno que otro pueda comprender que la acción política, con todos sus defectos, tiene enormes ventajas sobre la acción armada: después de todo, en política los cadáveres se pueden levantar para luchar de nuevo.
Y esa es curiosamente la lección que brinda la UNAM desde hace décadas. La miríada de grupúsculos políticos que existen y a veces difícilmente coexisten ahí, son demostración de lo que una institución abierta puede ofrecer: debate, diálogo y, en el peor de los casos, hasta la supervivencia de organizaciones que no podrían existir en otras circunstancias o fuera de la institución.
Pero el que tales grupos estén ahí, usen o aun abusen del ambiente de libertad de expresión, de academia y de presencia que ofrece la UNAM tradicionalmente no es culpa de la Universidad, como tampoco lo sería si alguno de sus alumnos decide seguir un camino que otros consideren como equivocado o que, como en este caso, los lleve a enfrentar sospecha e incluso la muerte.
La UNAM ha sido un centro tradicional de libre expresión y pensamiento, donde se encuentran las minorías más radicales y las ""microfracciones"" que a veces resultan censores tanto o más salvajes que aquellos que los censuran en el exterior. Pero todos ellos forman parte de la experiencia universitaria y del contacto de los jóvenes, y algunos no tanto, con la libre expresión, el libre pensamiento y la libertad de opciones.
Y si bien es cierto que la UNAM no es un ""territorio autónomo"" y mucho menos una republiqueta como algunos quisieran pensar, sí es cierto que las autoridades deben respetar ese espacio, aun a riesgo, a veces, de que haya algún ingenuo o algún abusivo.
La patética aventura de Lucía Morett y sus companeros, que aún debe ser investigada por las autoridades para determinar su fondo y su alcance, es parte de la atmósfera de la UNAM, pero ni de lejos representa a la UNAM.
Muchas generaciones han pasado por la Universidad Nacional en ese ambiente, y mal que bien nos senalan que, francamente, es preferible el riesgo que no correrlo. (El Universal)
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