"La guerra entre las bandas de narcotraficantes se extiende por todo el territorio nacional y cada vez cobra más víctimas, en muchos casos inocentes. De Tijuana y Culiacán ha bajado por la costa del Pacífico hasta Guerrero y Michoacán, zonas de plantíos de mariguana y amapola, y mercados de consumo y tráfico internacional de estupefacientes.
La avenida costera Miguel Alemán de Acapulco, cuyo perfil turístico es conocido en todo el mundo desde hace más de 50 anos, ahora también ahoga el bullicio de sus discotecas con el tableteo de las metralletas y el aullido de las ambulancias que recogen a más muertos que heridos en las emboscadas de los asesinos a sueldo de los narcotraficantes.
La sombra de El Chapo Joaquín Guzmán Loera capo del cártel de Culiacán que fue transferido de una cárcel de alta seguridad a otra de la cual pudiera fugarse, como ocurrió, sin que nadie ahondara en la investigación de las significativas circunstancias del cambio de confinamiento se extiende ahora desde Michoacán hasta Acapulco, pasando por Ixtapa-Zihuatanejo, codiciados sitios de recreo para nacionales y extranjeros. Corre el dinero y fluye la droga sin mucha discreción, pues los engranajes del flujo están debidamente aceitados.
Son los narcotraficantes quienes combaten a los narcotraficantes con resultados más espectaculares y efectivos que los de la persecución policial. Pero ellos se matan entre sí para desplazarse mutuamente, no para acabar con el criminal comercio.
El propio gobernador de Guerrero, Zeferino Torreblanca, había ondeado la bandera blanca del derrotado. ""Yo solo no puedo"", habría dicho. La sociedad se pregunta si es una reacción propia de una autoridad. Puede resultar entendible, pues, pero no se justifica, sobre todo porque genera mayor incertidumbre a la población local.
Tierra de grandes atractivos turísticos, Guerrero ha permanecido en la marginación social, primero sometida por los cacicazgos, la corrupción política y la guerrilla. El municipio más pobre de México, Metlatónoc, está en Guerrero, tristemente distinguido de esa manera por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Ahora, a sus históricas desdichas anade el de ser campo en disputa de los narcotraficantes. La lucha lleva ya cinco anos, pero hasta ahora los traqueteos de las AK-47, R-15, Uzi, lanzagranadas y otras armas no habían resonado tan fuerte. Siete policías, un subdirector policiaco, un empresario, un político, un ganadero y un gerente de discoteca han caído acribillados por las balas. Los Zetas, sicarios al servicio del cártel del Golfo, actúan en Guerrero con la protección de algunos agentes de las policías municipales y Ministerial.
Aunque la información oficial resulta imprecisa por su propia índole, el hecho es que las más altas autoridades reconocen la presencia y la creciente fuerza de esa siniestra organización criminal.
La buena voluntad y la honradez de los funcionarios que en serio combaten a los narcotraficantes resultan insuficientes si, por ejemplo, existen disposiciones que permiten cambiar de prisión a un capo para facilitarle algún intento de fuga; y también si no se ataja el contrabando de armas para romper la cadena logística que alimenta al crimen.
La preocupación por la imagen de la Costera de Acapulco patrullada por uniformados es mayor que la indignación y la vergüenza por las rociadas de metralletas tipo Chicago en los anos 20 en la misma reluciente vía de lujosos hoteles y discotecas.
Por la deuda social histórica de la Federación con esa entidad surena, por el variado desarrollo turístico y todavía más por su alto potencial económico, así como por su innegable valor histórico, Guerrero debe ser una prioridad en los programas de combate al narcocrimen. (El Universal)
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