"El desengano es la mayor lección que hemos extraído de nuestra vida política reciente. No es el desengano sobre personas o partidos, tampoco sobre la posibilidad de recrear un sistema autoritario y hacerlo democrático. Es el desengano sobre el sistema político que, en una mínima parte, hemos creado, y en la mayor medida hemos heredado.
Creímos que el sufragio efectivo traería consigo el gobierno efectivo. Este espejismo de nuestro ingreso en los prolegómenos del sistema democrático consiste en la creencia de que las generaciones actualmente vivas hemos creado ese sistema y de que, en su conjunto, debería haber quedado libre de impurezas.
Sin duda es cierto que a lo largo de décadas la sociedad empujó hacia la salida del autoritarismo. Esta fórmula de gobierno se volvió inaceptable para grupos cada vez más numerosos, a la vez que la idea de un sistema democrático fue ganando aceptación. Fue un proceso lento, lleno de contingencias y que condujo a transformaciones del sistema político que lo han dejado contrahecho.
Más allá de aquella ilusión destinada a desacreditarse, la tarea política fundamental de la sociedad mexicana está inconclusa. El sistema político adolece de profundas fallas que solamente un acuerdo transpartidario puede llevar a resolverlas. Entre estas fallas hay varias que ocupan un lugar sobresaliente.
Si se mira al servicio que el gobierno presta a la sociedad, quizá no hay mayor agravio que el de un sistema de justicia cuyo arranque ""de ventanilla"" es un foco de corrupción: el Ministerio Público. El Poder Judicial ha atravesado por un proceso de reformas que lo han llevado a mejorar significativamente. No obstante que el resultado dista de ser satisfactorio, hoy tenemos mejores jueces y tribunales. Pero las posibilidades del ciudadano de iniciar una reclamación de justicia conforme a derecho distan de ser una posibilidad al alcance de la mano. Por eso en gran medida la sociedad mexicana vive en un equilibrio precario entre tolerancia y componenda, el crimen organizado se ha salido de los cauces manejables y la desconfianza en la policía compite nariz con nariz con el recelo hacia los legisladores.
El estado que guardan los ordenamientos constitucionales y legales que organizan el Congreso es otra de las grandes fallas del sistema político. La prohibición de la reelección consecutiva tiene efectos nocivos. Esta disposición hacía posible la circulación de las élites en un sistema de partido único y, a la vez, su control por parte de quienes se ubicaban en la cúspide de mando.
En cambio, en una fórmula plural este impedimento conduce a que los verdaderos jefes de los legisladores sean los directivos de sus partidos. Contra lo que indica la doctrina democrática, a saber, que el ciudadano es el ""jefe"", con la no reelección legislativa es imposible que los ciudadanos premien o castiguen a los legisladores de acuerdo con su desempeno. No tienen siquiera tiempo para saber quiénes son, pues cuando menos se espera, llega el momento de cambiarlos por otros que han sido designados por la dirección de sus partidos. Esta designación resulta frecuentemente del intercambio de favores entre políticos a espaldas de la ciudadanía. Si a lo anterior agregamos que el sistema electoral conduce a una integración mixta del Poder Legislativo, el resultado no podría ser peor. Cuando elegimos diputados en nuestros distritos, estamos viendo en realidad a los personajes menos importantes para los partidos pues, en realidad, los que quieren tener asegurada su elección son situados en los lugares más altos de las listas de representación proporcional. Los pleitos recientes de algunos personajes por ""quedar en las listas"" para la próxima Legislatura se refieren a esto y evidencian con claridad que la gracia o la desgracia de quedar o no, deriva de las direcciones de los partidos, no del mejor interés de servicio al ciudadano.
Otra falla garrafal es la preservación casi intacta del poder presidencial. El sistema político es presidencial, federal y con equilibrio de poderes. Pero como ya hemos visto en los nueve anos en que el sistema se ha integrado en forma plural, la decisión del Ejecutivo se dificulta enormemente si no cuenta con la mayoría de los legisladores. Sin embargo, el dilema para los electores es muy grande. Si se otorga mayoría al Presidente se le arrima la tentación de recurrir a viejas prácticas autoritarias que anidan en las formas de hacer política de todos los partidos. Además, propiciar la mayoría implica reducir el pluralismo de más de dos partidos, contrariando el gran salto hacia delante que la sociedad ha dado para implantarlo.
La contradicción entre pluralismo y sistema presidencial es que el Poder Ejecutivo no se puede integrar proporcionalmente, pues el partido que consigue la Presidencia lo puede hacer solo aunque vaya en una coalición electoral, pues no hay ninguna disposición ni costumbre que induzca a compartir el poder de acuerdo con los resultados de la votación si éstos son plurales. Si la sensatez política hubiera prevalecido en la clase política, se hubiese trabajado en la dirección de encontrar una manera de integrar a los partidos minoritarios al gobierno y en dar a esta solución una forma legal permanente.
Estas tres grandes fallas del sistema político no son las únicas, pero son de las más importantes y no pueden superarse sin la decisión de los partidos de revisar la estructura constitucional que las contiene, pues para corregirla hacen falta dos tercios de ambas cámaras y la mayoría de las legislaturas estatales. En esto, por ahora, estamos entrampados. [email protected]
* Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.
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