"El frente de batalla ha sido México y aquí hemos defendido a toda la humanidad de la propagación de este virus, dijo ayer el presidente Felipe Calderón, visiblemente satisfecho, en la conmemoración de la batalla de Puebla.
Sería injusto acusarlo de sobrerreaccionar por haber accionado eficazmente un dispositivo sanitario apegado a la norma internacional, así como escatimarle el rigor y el método con que actuó frente a la epidemia de influenza. La Organización Mundial de la Salud y mandatarios extranjeros, desde el estadounidense Barack Obama hasta el espanol José Luis Rodríguez Zapatero, lo reconocen.
Ya pasó lo peor en cuanto a la propagación de la enfermedad. Subsisten, sin embargo, los danos que lastimaron a los mexicanos en su salud y apenas comenzamos a dimensionarlos en su economía. Son decenas de miles los trabajadores que perderán ingresos por la caída de sectores clave como el turismo y el consumo de alimentos. También lo son las empresas pequenas y medianas que padecerán por este episodio.
La misión no ha encontrado todavía su final feliz. Habrá razones para estar satisfechos cuando los danos que acompanaron a la epidemia también hayan sido atendidos.
Todos los afectados merecen atención oportuna, pero también empatía de los altos funcionarios. Debe ser así porque las tragedias personales que trajo el virus no se han ido con el declive de la contingencia. Mientras se celebraba en Puebla el 5 de mayo seguían en el piso de algún hospital cientos de derechohabientes en espera de ser atendidos en salas de ""emergencia"". Mientras tocaban música triunfal los cadetes, permanecían meseros, vendedores y maleteros sin poder ganarse el salario del día.
Vimos a un jefe de Estado satisfecho con su rol en esta emergencia. Está bien reconocer a quienes ""en cumplimiento de su deber"" ayudaron a estabilizar el brote. Sin embargo, no olvidemos que mientras celebramos algunas victorias, miles de mexicanos sufren sus muy personales derrotas.
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