Las remesas| esa adicción

Tan adictos nos hemos vuelto a las remesas que envían compatriotas que trabajan en Estados Unidos, que ahora que ha bajado su monto el país se ve seriamente perjudicado. Tenemos que salirnos de esa dependencia.

La caída en los ingresos por este tipo de divisas era previsible por el endurecimiento de los controles migratorios en Estados Unidos, el aumento de hostilidad hacia los migrantes en algunas ciudades de la Unión Americana y por la reducción de la demanda de mano de obra en el mercado estadounidense derivada de la crisis residencial y de hipotecas.

También hay cambios en la estructura de las transferencias de dinero, mediante los teléfonos celulares y el internet, que se consideran positivos por la velocidad y seguridad de las operaciones, así como por su menor costo, comparativamente con empresas que imponen tarifas exageradamente altas.

De todos modos se estima que unos 25 mil millones de dólares llegarán a México este ano como producto del esfuerzo de nuestros connacionales en Estados Unidos. Sigue siendo menor a lo que reporta el petróleo, pero superior a lo que deja la inversión extranjera directa o el turismo.

Naturalmente, esa colosal contribución alivia nuestras penurias económicas y mitiga miserias que de otro modo habrían detonado conflictos sociales mucho más graves de los que enfrentamos. Pero no debemos confiarnos, ni apelar a que dicho ingreso será eterno o creciente. El costo de esa tajada de riqueza es la pérdida de una fuerza laboral de millones de mexicanos, que además padecen maltratos, explotaciones e injusticias medievales en el país que se presenta por el mundo como abanderado de la democracia y de la libertad. Debemos regular ese dinero, primero, procurando un trato digno a los paisanos, y segundo, forzando al vecino país a reconocer que su presencia es benéfica para su propia economía.

Tal esfuerzo tiene que permear en los círculos intelectuales, los medios de comunicación, las comunidades religiosas y las organizaciones no gubernamentales, los gobiernos locales y estatales. No basta con cabildear en el Congreso y pretender que las buenas maneras de los diplomáticos del Departamento de Estado son indicios de solución.

Hay muchos intereses y sentimientos en mitad del campo; recelos laborales y resabios de discriminación racial. No todos los trabajadores se van para quedarse. A veces se quedan por las dificultades del tránsito, pero no son en principio inmigrantes, sino trabajadores migratorios, temporales, que retornan cuando ya ahorraron lo suficiente para establecerse en su tierra.

Es tiempo ya de generalizar el conocimiento pleno del problema, con todas sus implicaciones, positivas y negativas, para propiciar una fuerza de opinión que presione en busca de soluciones.

No es la solución ideal, es la solución viable, adecuada para la realidad actual del problema.

La solución ideal es mantener dentro del país a los millones de mexicanos que se van no por afán de aventura, como con ligereza dijo un Presidente de la República a mediados del siglo pasado, sino para poder sobrevivir.

Para que se queden aquí necesitamos crear empleos, que sólo vienen con la inversión, pública y privada. Naturalmente, los inversionistas van a donde son bien recibidos, donde hay condiciones propicias -legales, económicas, sociales y políticas- para que obtengan el merecido beneficio que corresponde al capital.

Es necesario que esas divisas que se van a otros países se generen aquí, en territorio nacional. Las remesas sirven, pero no son la solución de fondo a nuestros problemas. (El Universal).