Como todo acuerdo resultado de negociar, ceder y consensuar, el proyecto de reforma migratoria acordado por senadores demócratas y republicanos en Estados Unidos no es perfecto ni deja satisfechos a todos, pero es lo más viable que existe de momento. La iniciativa y el debate alrededor de ella que comenzarán la próxima semana deben ser acompanados con atención a los detalles que harían más fácil la vida a los compatriotas de allá y más transparente el programa de trabajadores huéspedes.
No hay que celebrar por anticipado. Es un primer paso en la dirección correcta: sacar de la ilegalidad a 12 millones de trabajadores y reconocer que hay sectores económicos enteros en Estados Unidos cuya competitividad depende de una mano de obra mexicana, muy trabajadora y barata en relación a los costos locales.
Esto podría ser importante porque, aunque imperceptible, el que se acepte tácitamente que los mexicanos inmigrantes satisfacen una demanda laboral es la puerta hacia cambiar la actitud de Estados Unidos respecto al fenómeno.
Reconocer su dependencia de los trabajadores mexicanos puede ser, a su vez, el umbral del reconocimiento de otros problemas bilaterales ante los cuales los estadounidenses suelen cerrar los ojos, como por ejemplo que un motor y aliento del narcotráfico es su gigantesca demanda interna de estupefacientes y el lavado de dinero en su país. En este sentido, es de apreciarse la noticia dada esta semana de que se instrumentó un esquema de congelación de cuentas de quienes hacen negocios desde su país con un narcotraficante mexicano.
Pero no nos enganemos: el proyecto migratorio enfrentará muchas oposiciones, principalmente de quienes se encuentran en los extremos ideológicos de cada partido.
Por eso será importante que en la maduración del mismo intervengan y trabajen mucho para conseguir las mejores condiciones específicas para los de aquí y los de allá, no sólo los políticos estadounidenses, sino nuestra Embajada en aquel país, los casi 50 Consulados, las organizaciones de la sociedad civil y el gobierno mexicano.
zPor qué y para qué hacerlo? Una frontera ordenada, con cruces regulados, y el respeto a la integridad física y derechos humanos de los mexicanos que han buscado mejores condiciones de vida de aquel lado son un objetivo suficiente para movilizar la energía social.
El acuerdo, si se logra, conlleva un costo para México, no hay que eludirlo: aceptar el aumento de la vigilancia en la frontera entre los dos países.
Por eso decimos que es sólo un primer paso al que debe acompanar un plan de más largo aliento en ambos países para alinear nuestra complementariedad demográfica.
Esto es lo que se podría conseguir hoy, pero tendríamos que aspirar al libre flujo de personas en la región. Habrá muchos estadounidenses de la generación de la posguerra que quieran venir a vivir a México al igual que habrá mexicanos que decidan hacer su vida allá.
El imperfecto plan migratorio en debate, si se logra, cambiará la vida de millones de mexicanos. Lo que sigue es trabajar pacientemente para asegurarse que la migración no vuelva a ser nunca un tema policiaco y militar, sino uno económico y de libertad de tránsito.











