El liberalismo económico ortodoxo, eso que Amartya Sen (Nobel de 1998) llamó epidemia de Pareto, va en picada. Quizá se desplome finalmente en una tumba en la que descansará mientras nuevos excesos no lo despierten nuevamente.
La paradoja es excitante pues mientras tanto el liberalismo político se mantiene airoso y con una vitalidad renovada en la filosofía y en la construcción social. A la vista está el probable triunfo de una nueva alternativa política en Estados Unidos que se desviará del patrón ortodoxo en más de un sentido.
El libre intercambio sin regulación ha estallado en la cara de todos y sus costos recién se asoman. Pero hay agonías que pasan por el éxtasis y tentaciones irresistibles. Ante la inminencia de una presidencia demócrata, la Casa Blanca se apresura a tomar medidas desregulatorias favorables a las empresas y perjudiciales para consumidores y medio ambiente (The Washington Post, 31/X/08).
La diferencia central entre alternativas está ahí: mientras que los conservadores (liberales económicos a ultranza) se aprestan a hacer todos los amarres posibles para empinarle la cuesta a Barack Obama si llega a la Presidencia, este último se prepara a ofrecer una alternativa que, sin romper con el libre mercado ni con la sociedad abierta, establezca modos de gobernanza que superen las aporías que han contrapunteado la política estadounidense desde la presidencia de Reagan.
Partes de Europa, Asia y América Latina ofrecen atisbos de un liberalismo político de nuevo tipo que se atreve a reformular la regulación en una perspectiva compatible con la libertad y el avance democrático. Se sumará Estados Unidos.
Casi la mitad de la población mundial ha elegido formas democráticas para autogobernarse; esa mitad de la población mundial ha elegido también la libertad como forma de interacción económica y social. Corresponde ahora interrogarse sobre el tipo de formas de regulación que es necesario y posible aplicar para hacer viable los mínimos de bienestar (que incluyen democracia y libertad), con un desempeno virtuoso de la economía. Mirar hacia adelante, no hacia atrás.
Hace más de 200 anos los pensadores de la Ilustración definieron la modernidad como una época en la que individuo y sociedad se atrevían a actuar conforme a su propio pensamiento y no en reacción a los dictados despóticos o religiosos. A pesar de sus monstruos, este desafío de la modernidad no ha concluido. En los tiempos posmodernos y posneoliberales hay un liberalismo vivo: es el liberalismo político que coloca la deliberación pública y la razón que de ella resulta a través del procedimiento democrático por encima de las diversas formas del dogma. La tarea es ingente pero aún hay horizonte.
(Aclaración: La semana pasada en este espacio dije por error que el 2 de julio de 2006 se interrumpió la información del PREP. Lo que se ocultó fue el conteo rápido. Me refería a ese grave error cuyas consecuencias aún pagamos.) [email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM











