La visita del papa Francisco a México y a Chiapas particularmente, “es un impulso para que continúe la inculturación del Evangelio y de la liturgia en las culturas de los pueblos indígenas”, opinó el sacerdote jesuita, José Avilés Arriola.
El sacerdote Avilés, que desde hace 31 años trabaja en la misión que la Compañía de Jesús, tiene en el ejido Bachajón, del municipio de Chilón, una de las zonas más marginadas de la entidad.
El vicario de Justicia y Paz de la Diócesis de San Cristóbal, agregó que la llegada del pontífice representa también “un llamado a la Iglesia mexicana para que acompañe a los pueblos autóctonos en la defensa de sus territorios, recursos y cuidado de la madre tierra”.
Sostuvo que “la Iglesia de la provincia de Chiapas logró suficiente libertad para expresarse en sus celebraciones” y las comunidades indígenas “permanecieron en el centro del acontecimiento papal […]; se movilizó a un número de indígenas como nunca se había visto, con sus propios recursos para recibirlo; no se trató de un acarreo”.
En un documento manifestó que “se deja el sabor en la Diócesis de San Cristóbal de que en esta Iglesia no se pacta con los ‘carros de los faraones de ahora’, recomendación hecha por el papa a los obispos en la Catedral de la Ciudad de México”.
Avilés Arriola, quien hace 25 años fue ordenado y sacerdote por el entonces obispo de la Diócesis de San Cristóbal, Samuel Ruiz García, dijo que “el hermoso símbolo en el altar de la Catedral de la Paz colocado durante la misa que ofició Su Santidad, el lunes 15 de febrero en esta ciudad, nos recuerda no solo la lucha indígena por su inclusión real en la legislación mexicana con los Acuerdos de San Andrés, violados por el gobierno, sino el reconocimiento a esta iglesia que construye la paz en medio de una civilización que de ‘modo sistemático y estructural los ha excluido y considerado como inferiores’, en palabras” del Obispo de Roma.
También afirmó que “al no encontrarse con los padres de los 43 jóvenes desaparecidos de la Escuela Rural Normal de Ayotzinapa, deja el reto y la responsabilidad de los mexicanos y en especial de la Iglesia, de consolar a las víctimas de la gran violencia que se ha vivido en estos últimos 10 años; denunciar y desarticular con valentía al crimen organizado y construir misericordiosamente caminos de unidad, reconciliación, justicia y paz ”.












