La ira y la frustración de la sociedad por la inseguridad pública que la acecha y dana están adoptando formas de venganza social inaceptables. Ayer un policía judicial asesinó a dos delincuentes en un camión con la venia generalizada de algunos pasajeros y la solidaridad posterior de una ciudadanía enterada del asunto. El triunfo de justicia por propia mano es la derrota de las instituciones de protección ciudadana. Algo hay que hacer.
Los usuarios regulares de los autobuses foráneos que transportan trabajadores del estado de México, y aun de más lejos, hacia la estación Indios Verdes del Metro están hartos de los asaltos cotidianos que merman sus magros salarios y, en estas fechas, sus largamente anhelados aguinaldos.
Operativos van y vienen, tanto del lado mexiquense como del capitalino, sin que la plaga se haya podido erradicar. Hay, pues, ineficiencia.
No es la primera vez que los delincuentes se topan con hombres armados, generalmente miembros de corporaciones policiacas o militares. Tales encuentros suelen resultar sangrientos. El viernes no fue la excepción, con la diferencia del sentimiento generalizado de venganza de los presentes, quienes arroparon a quien en defensa propia victimó a dos maleantes. Tal actitud es entendible, pero no justificable.
La aparición de espontáneos vengadores o vigilantes sociales que en un primer momento por casualidad, pero después por vocación, se dediquen a limpiar las calles de asaltantes es inadmisible.
Debemos reconocer que el tejido social está roto, y que la falta de confianza de los ciudadanos hacia sus autoridades ha provocado que la impotencia ciudadana genere este tipo de desviaciones en la manera de concebir la justicia.
Ano con ano, gobiernos de todo signo y color partidista del Distrito Federal y su zona metropolitana muestran estadísticas alegres, en las que la delincuencia baja y baja en porcentajes variados. Nunca hay un estancamiento de la gráfica, siempre son descendentes los números de crímenes o las denuncias de delitos. Una maravilla. Sin embargo, la experiencia cotidiana de la población es diferente.
A diferencia de otros problemas urbanos, el de la inseguridad no sólo es de percepción. Responde a danos concretos en bienes y personas concretos. Ninguna presentación optimista en Power Point puede convencer de su veracidad a víctimas de atracos, secuestros exprés o violaciones.
Urge empatar el discurso de eficiencia policiaca con la realidad. Las autoridades están obligadas a salir de sus discursos de autocomplacencia y demostrarle a la ciudadanía que puede confiar en ellas, porque de momento la población ve en los cuerpos encargados de su seguridad a agentes coludidos con los delincuentes o rebasados por ellos en potencial de fuego o habilidad.
Estamos en los umbrales de linchamientos públicos de criminales, en juicios sumarios sociales para ajusticiar a sus enemigos. No fomentemos turbas descontroladas, sino ciudadanos seguros. (El Universal)











