Llena estómagos y los corazones vacíos

Llena estómagos y los corazones vacíos

Tiene apellidos notables. Su vida y su trabajo son notables. Irma Infante Vargas, lleva 28 años de llenar el estómago y el corazón de miles de capitalinos, en el mismo lugar. Se propuso ser luz y perfume para sus semejantes… Y lo ha conseguido.

“No, no me iré de aquí hasta que sea para siempre. Esto es mi vida. Me hace feliz, porque hago felices a los demás”, dice Irma.

Cinco pares de manos limpias se mueven ágiles preparando los tacos, empanadas, tostadas y el infaltable pozol. Irma se sienta un rato, más que para tomar descanso, para atender amablemente al reportero.

“Tengo 65 años de edad y 28 de estar aquí”, dice con el cubreboca aún colocado. Se lo quita y agrega: “Siempre en el mismo lugar”. Es la 4ª Poniente, entre 5ª y 6ª Norte de Tuxtla Gutiérrez.

Y ante la pregunta del reportero, abre su corazón, abre las alas del recuerdo y remonta el vuelo al pasado.

“Empecé con una mesita y una ollita chica. Mis hijos estaban muy pequeños. Ahora ya hay hasta nietos. Al principio daba probaditas a los peatones para ganar clientes. Gracias a Dios gané bastante clientela y la he conservado.”

Con su trabajo y el apoyo de su esposo, en el mismo negocio, sacaron adelante a sus hijos. Algunos terminaron una carrera, pero ante la escasez de empleo se sumaron a la empresa familiar.

Ayer, tres hijas y un hijo, la sobrina y un amigo de Irma, la ayudaban. Su esposo había salido.

Mientras sirven a los comensales, las hijas dicen que es una bendición estar junto a su madre todo el día. Y además están ganando. “A veces es mejor este ingreso a ser empleados”, coinciden madre e hijos.

Y es que además del ingreso seguro, les permite fortalecer los lazos familiares.

“Vendo, empanaditas, tacos fritos, tacos suaves, pozol blanco y de cacao, pero mi fuerte son los tacos de cochito y las tostadas”, dice mientras sus ojos brillan de entusiasmo tras los lentes de aumento.

Irma eligió la 4ª Poniente porque vive cerca de allí. Es difícil cargar todo el trastamento, las sillas, mesas, ollas y demás utensilios.

“Nada queda aquí. Todo se trae y todo se lleva”, comenta.

Irma es muy íntegra. Para instalarse en el lugar pidió el permiso de vecinos y del Ayuntamiento.

Lo hizo donde no moleste a nadie: Sobre el amplio camellón central de la 4ª Poniente, una calle con preferencia vial desde la 5ª a la 9ª Norte.

“Pago derecho ante el municipio y Hacienda (por el momento no, confiesa). También está en regla con Salubridad, dice. Y se nota.

Sus ayudantes se lavan las manos continuamente, tienen una toalla siempre a mano, para secarse. Continuamente tienen cubrebocas y gorras para evitar la caída de cabello.

Sobre las mesas impecables, no hay -como en otros lados- platos con cebolla, cilantro, limones. Estos permanecen tapados y se sirven al momento.

El lugar luce muy limpio. Inspira confianza y hasta paz.

Gobiernos municipales anteriores quisieron molestarla y reubicarla, cuenta Irma, pero ahora ya no.

“No le hago mal a nadie. Al contrario”, suelta y sonríe.

Y es cierto. Desde hace 28 años, su estancia en el lugar ha sido una bendición.

Es que además de llenar el estómago de sus clientes, trata de satisfacer el vacío emocional.

“No es solo una relación de vendedora y comprador, sino de amigos, Me encariño con la gente y ellos conmigo”, explica Irma.

Y abre su corazón al narrar momentos tristes. “Me ha dolido mucho la pérdida de mi madre, hace 12 años, de mi suegro, amigos, y varios clientes, buenos y malos; ya se han ido varios. Llegaban a comer y de repente ya no. Alguien me decía ya no vino fulano, porque se murió. Y yo pienso, ay, tanto que le gustaba esto o aquello”.

Irma se detiene. Suspira. Es un asiento para su alma agobiada por tantas pérdidas. Reprime así una lágrima traicionera. Luego prosigue.

“Duele. Tenía un cliente que le gustaba el camarón con huevo. Ahora su hermana viene cada año en Todo Santo y lleva sus taquitos de camarón”.

Nueva pausa, ahora más corta, solo para tomar impulso y celebrar que se van personas pero llegan generaciones nuevas. “Varios jóvenes que llegaban, se casaron, ahora vienen con sus hijos. Me da risa porque veo a los bebés (ya con dientes) que comen por sí solos lo que comían sus mamás cuando estaban embarazadas”.

Y esto es motivo de alegría, así como el nacimiento de sus nietos, que ahora ya son nueve. El mayor tiene 19 años. Ya mero llegan los bisnietos. Y todos la visitan en el negocio.

Cuestionada sobre momentos chuscos, Irma suelta la carcajada antes de hablar. Se ríe y cuando por fin puede articular palabra, narra aun sonriente que una vez llegó apurada con la olla de pozol.

La estaba colocando y se le calló. Se tiró todo. Y ya había clientes esperando. “Me dio mucha vergüenza. Ya no hubo venta ese día. Y ni modo de comprar en otro lado, es que yo lo preparo especial”, dice.

Irma ama su trabajo. Es su vida. Ella lo dice así: “Cuando no vengo me siento mal. Vengo y soy feliz. Me siento mejor que en mi casa. Ha de ser porque mis hijos están conmigo y porque veo a mis clientes-amigos”.

Irma sabe que por la ley de la vida, un día tendrá que irse, pero no será hoy. Ella ama su trabajo, lo dice el tiempo que lleva allí, su rostro iluminado de alegría, y la gente lo percibe en la sazón de sus platillos.

Hace 28 años se propuso ser luz y perfume para sus semejantes… Y lo ha conseguido.