Lo profundo de la Revolución

A lo largo de su historia, el pueblo mexicano ha dejado la impronta de su actividad colectiva a las generaciones que lo conforman, en una vinculación esencial con su vocación social. En los antecedentes mismos de la época virreinal en el asentamiento de una sociedad que establecía marcados contrastes entre determinados grupos de personas por razones de su origen peninsular se encuentra el apoyo determinante del pueblo a la guerra de Independencia que inició Miguel Hidalgo. Una expresión sociológica del rechazo del pueblo a la escisión por razones étnicas es el mestizaje, que dio por resultado el surgimiento de un pueblo distinto.

Es esa identidad con el concepto de lo que socialmente es justo, de la igualdad de trato y de oportunidades que merecen todos los integrantes de la sociedad, lo que está presente en la rica vertiente de las reivindicaciones sociales de la Revolución Mexicana. Imposible dejar de reconocer los planteamientos políticos del Plan de San Luis con sus demandas democráticas o el Plan de Guadalupe con la defensa del orden constitucional para hacer frente a la barbarie del usurpador, pero no sería factible concebir ese gran movimiento de las fuerzas reales de la nación mexicana de principios del siglo XX, sin los planteamientos de atención a las demandas de los campesinos para que la tierra se repartiera y de la naciente clase obrera para que su contribución a la producción se apreciara con sentido de equilibrio en la generación de riqueza.

Pero tal vez la reivindicación de carácter social más trascendente de la Revolución Mexicana no es la que entrana el universo dicotómico de quienes acumulan un patrimonio y quienes carecen de lo elemental, sino la que afirmó la concepción de que las tierras y aguas comprendidas dentro del territorio de México corresponden a la nación. En el régimen de propiedad de las tierras y aguas y la figura del dominio público sobre los recursos naturales que son indispensables para el desarrollo del país, reside esa apreciación general, realmente amplia, de que el imperativo social o colectivo es lo que caracteriza al pueblo mexicano.

Desde luego que esa trayectoria histórica del concepto de lo social produce naturalmente su antítesis y el espacio para que las ideas conservadoras estén presentes en una permanente lucha de ideas y propuestas. Es la presencia en nuestra historia de liberales y conservadores, de republicanos y monárquicos, de revolucionarios y reaccionarios, de progresistas y neoliberalistas. Ante la profunda raíz de lo que lo social significa para la mayoría de los mexicanos, es cíclico que cuando asume el ejercicio del poder un gobierno como el que concluye, alejado del pensamiento popular, una pretensión específica sea la de borrar la historia.

Esa ha sido la determinación de la administración pública que fenece por disociarse de la conmemoración del inicio de la Revolución Mexicana. Primero, en plena coincidencia con sus ideas se suprimió el acto cívico de evocación de los hechos de esa gesta histórica para reflexionar sobre el presente; fue la confesión de parte conservadora. Hoy es la supresión del desfile deportivo que caracterizó a esos festejos, con la pretensión de acentuar los elementos de la lucha política de 1910, que nadie ha negado nunca, pero que en el caso de nuestra Revolución no pueden disociarse de los planteamientos sociales y su solución en el Congreso Constituyente de 1916-1917.

No es un asunto de actos cívicos y desfiles, sino de capacidad para reconocer el sentido profundo de la historia y del alma nacional. La mayoría de los mexicanos tiene en su forma de ver la vida el compromiso con lo que es socialmente justo. (El Universal).