A dos semanas exactas de los actos terroristas que causaron 53 muertos y 700 heridos en Londres, el 7-7, cuatro bombas hicieron explosión el jueves en el ferrocarril metropolitano y en un autobús de la misma ciudad. Esta vez no hubo víctimas y los danos fueron menores, según la policía, pero los efectos son de grave preocupación y de alerta.
La policía encontró similitudes en los dos actos de terrorismo y supone que los explosivos estaban preparados desde hace 15 días, por lo que seguramente el tiempo transcurrido los degradó y perdieron fuerza. De otro modo, las consecuencias hubiesen sido mayores.
Ayer también se supo que en Paquistán fue detenido el presunto cabecilla de los primeros atentados, miembro de Al Qaeda, la organización que inspira los ataques de los musulmanes fundamentalistas, empenados en llegar a su paraíso inmolándose junto con los infieles.
Pero lo que los terroristas pretenden ahora indudablemente es intimidar, algo que los ingleses enfrentarán manteniendo normalmente sus actividades, pero también buscan minar la autoridad del gobierno del primer ministro Tony Blair y dejar sentir su oposición a una parte de la política británica que les ha afectado: el apoyo a la guerra promovida por el presidente de Estados Unidos George W. Bush contra Irak, que está lejos de concluir, pues hay una sangrienta resistencia interna y se ha manifestado en acciones de terror como las de la capital del Reino Unido y las de Madrid, el 11 de marzo del ano pasado.
Deploramos y condenamos todas las acciones de violencia, tanto las terroristas como las guerras por el impulso destructor que las anima para imponer sus razones e intereses, alentados por razones diferentes, incluyendo los fundamentalismos, ambiciones y fanatismos.
Pero hay trabas para encontrar soluciones al gran problema del inicio de nuestro siglo. Uno de ellos es el de que la diplomacia no ha funcionado o ha dejado de ser efectiva, pues se ha preferido la acción bélica al estilo Bush antes que la razón de los hombres de Estado.
Desaparecido el equilibrio de las potencias adversas, los grandes estados demócratas occidentales, con excepciones, se creen predestinados para imponer los sistemas políticos que a ellos les han servido para desarrollarse, en mundos tan ajenos, desconocidos y diferentes. No podemos quedarnos solamente en la justa y merecida condena del terrorismo. Hemos de ahondar en sus evidentes causas y actuar allí política y metódicamente, con el interés puesto en la convivencia civilizada, pero con el respeto a que nos obliga el trato internacional a las diferentes formas de concebir el mundo y de la manera particular de organizarse que tiene cada pueblo.
Mientras Tony Blair se reúne con el Comité de Crisis, intercambia telefonemas con Bush y su policía acordona el número 10 de la calle Downing y comprueba que no había sustancias químicas mortales en los restos de las mochilas utilizadas en el atentado, un mundo diferente ve con terror lo ocurrido en Londres: para algunos es la amenaza de que en su propio país pueden ocurrir estos atentados, para otros es el resultado de una o unas agresiones que deben ser respondidas de la misma manera en una estela interminable de dolor humano.
Pero todavía es tiempo: concedamos una oportunidad al Consejo de Seguridad de la ONU, para encontrar vías razonables a un conflicto que nos puede llevar a un mundo de terror sin fin. Aún es tiempo para la diplomacia, para la razón, para el entendimiento y para la solución. Es tarea de hombres de Estado buscar estas soluciones y encontrarlas. (El Universal).











