"Abenamar López * CP. Los peores momentos de su vida los pasó en un albergue. Ahí recibió vejaciones, insultos y golpes que la marcaron de por vida.
Ella es Ana, una joven que fue recluida en un centro de rehabilitación para enfermos alcohólicos y drogadictos, por su adicción al alcohol. Su historia es contada bajo la condición del anonimato.
Su familia la ingresó el año pasado. Le prometieron terapias y un trato psicológico adecuado para dejar el vicio, sin saber que ingresaba a un terreno de suplicio que duraría casi 90 días.
El lugar tenía un aspecto lúgubre. Los más de 100 internos estaban hacinados en piezas minúsculas. En la primera planta estaban los hombres y en la segunda las mujeres. ""Lo único bueno es que nos tenían separados"", menciona.
Ella fue recibida como cada uno de los miembros del grupo: con insultos, amenazas y mentadas de madres. ""Prostituta era la palabra más suave que me decían; me raparon sin mi consentimiento"", recuerda.
Los internos deambulaban como sonámbulos por los pasillos, porque no les permitían platicar. ""Abrir la boca significaba un castigo"", enfatiza.
Los padrinos -personas rehabilitadas y encargadas de esos centros- impiden conversaciones entre internos para prevenir un amotinamiento y un posible escape masivo.
Golpeada hasta sangrar
Ante la profunda soledad que sentía, Ana violó esa regla alguna vez. Fue el primer castigo durante su estancia.
La golpearon con una gruesa chancla de plástico en los glúteos hasta hacerla sangrar. Durante varios días no pudo sentarse ni dormir por el intenso dolor y el miedo que le quedó. A pesar de esto, la obligaban a escuchar las terapias, sentada sobre sus nalgas heridas.
Las terapias eran cada cuatro horas, empezaban a las cinco de la mañana y la última terminaba casi a la media noche. Sólo en esos momentos juntaban a hombres y mujeres.
Eran los padrinos quienes las impartían, pero si alguien bostezaba o cerraba los ojos recibía un puñetazo en la pierna, pecho o estómago y era el destinado para hacer el aseo de todo el lugar.
Las sanciones más severas las recibieron los hombres, pues algunos se atrevieron a contestar a los padrinos o a desobedecer sus órdenes.
Los sentenciados eran encerrados en un cuarto aislado. Ponían música a volumen máximo y eran golpeados hasta que desmayaban. ""Por eso casi nadie se oponía a las reglas"", menciona.
Además tenían que hacer el aseo, la comida y servir a los padrinos. En eso colaboraban hombres y mujeres. Los padrinos sólo vigilaban.
Recibían alimento tres veces al día, pero era de lo peor. Comida echada a perder, frijoles o arroz casi crudos, fruta podrida, todo sin sal y sin condimentos.
Era parte de los castigos el acabar la comida. Si eras gordo te daban muy poco y sin tortillas y si eras delgado era al contrario, mucho y tortillas en exceso. ""De alguna u otra forma siempre nos hacían sufrir"", añade.
Alguna vez pensó denunciar, pero no lo hizo por temor. Cree que existe algún tipo de complicidad con autoridades y podría ser contraproducente. ""Quien denuncie se va arrepentir de por vida"", recuerda les decían.
Salió y convenció a su familia para que perdieran el contacto con los padrinos. Tuvo tanto miedo que se fue del estado, no quiere volver.
El tiempo ha pasado, pero el dolor es imborrable. A nadie le desea el sufrimiento que ella vivió. En sus pesadillas vuelven los gritos desgarradores de sus compañeros cuando eran azotados. ""Ojalá que eso se pudiera acabar"", finaliza.
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