Los olvidados que yacen en el Panteón

Los olvidados que yacen en el Panteón

Apenas los separa unos centímetros de distancia, pero hay un abismo de diferencia, sin embargo, los cuerpos de ambos corrieron la misma suerte. Pero unos yacen en tumbas lujosas, visitadas y adornadas. Los otros, en fosas comunes, anónimos y olvidados.

Ya no lloran por el ser querido que partió. Ahora ríen y comen. La tumba finamente adornada, es usada como mesa de centro. Muchas flores, el retrato y una veladora indican presencia de los seres amados.

Un niño aún conserva la máscara con que pidió calabacita la noche del lunes y despierta risas entre los visitantes al panteón. Algunos comienzan a retirarse. Ya son más de las 2 de la tarde; el cielo se nubla y amenaza con llover.

Mientras cientos salen, dos entran. Una es una mujer de avanzada edad. La otra, una jovencita de ojos verdes.

Decenas de comerciantes compiten por el dinero de los visitantes, ofertan sus productos hasta a la mitad de lo que pedían en la mañana. Un hombre se desgañita ofreciendo comida y cerveza. “A beneficio de la parroquia, celebremos el día de nuestros muertos que ya se nos adelantaron en el camino y algún día estaremos con ellos”, dice.

Los franeleros hacen su agosto en noviembre. Cobran a diestra y siniestra por el uso de las calles públicas; algunos limpiaron terrenos baldíos y los habilitaron como estacionamientos.

Ajenos

Pero ajenos a todo el bullicio y afanes materiales, bajo la tierra del camposanto, solo hay un grupo de dos tipos: unos recordados y otros olvidados.

Los primeros dejaron de existir, pero viven en el recuerdo de sus familiares; los otros, murieron totalmente, olvidados de corazón y de espíritu.

Las tumbas son elocuentes. Unas tienen flores, veladoras y gente alrededor. Otras solo una vieja cruz sobre la tierra. Pero lo más revelador es el área donde están las fosas comunes.

La basura es arrojada sobre las fosas comunes. No hay cruces, ni deudos allí, no fueron identificados ni reclamados en el Semefo. Algunos eran indigentes. Otros atropellados.

No hay cifras oficiales que indiquen cuántos muertos se van a la fosa común en un año, en Tuxtla, pero extraoficialmente se dice que son entre 100 y 150.

Organismos no gubernamentales indican que en Tapachula, la cifra oscila entre dos mil personas enviadas a la fosa común en los últimos 10 años.

La mayoría, un 90 por ciento, son cuerpos de migrantes ilegales que al cruzar por Chiapas perdieron la vida asaltados, violados en caminos de extravío o al caer de “La Bestia”.