Un estudio realizado en una secundaria de la capital chiapaneca reveló una combinación entre malos hábitos alimenticios y un preocupante estado emocional en adolescentes, donde la ansiedad y la frustración aparecen como los factores más dañinos para su bienestar.
La investigación, que incluyó una intervención educativa, demostró que, si bien es posible mejorar algunos comportamientos, el entorno emocional de los jóvenes requiere una atención urgente y multidisciplinaria.
Trabajo realizado
Bajo el título “Percepción de estilo de vida, hábitos alimentarios e intervención educativa en adolescentes de secundaria”, la investigación fue desarrollada por Patricia Milled Madrid Carrillo para obtener el título de Licenciada en Nutriología por la Universidad Autónoma de Ciencias y Artes de Chiapas (Unicach).
El trabajo se aplicó en la Escuela Secundaria Rafael Ramírez Castañeda de esta ciudad, con una muestra de 27 alumnos de primer grado.
El estudio de enfoque cuantitativo combinó la aplicación de un cuestionario de estilo de vida, mediciones antropométricas (peso y talla) y una intervención educativa de 17 sesiones.
Los resultados pre-intervención mostraron que, aunque la mayoría de los estudiantes presentaba un peso normal, existían casos de sobrepeso y obesidad, vinculados al consumo de comida chatarra y bebidas azucaradas.
Mejoras en el consumo
Tras la intervención, se observaron mejoras significativas, aumentó el consumo de frutas, verduras y agua, y se redujo la ingesta de refrescos y alimentos ultraprocesados. Los hábitos de higiene también mejoraron notablemente.
Si bien la intervención logró mejoras en hábitos alimentarios e higiene, la dimensión emocional se mostró resistente al cambio y representa el foco de mayor vulnerabilidad para los adolescentes, un problema que, según se desprende del estudio, requiere de estrategias específicas y especializadas que van más allá de la educación nutricional.
Un número significativo de adolescentes reportó sufrir ansiedad, angustia y enojo con facilidad, además de una disminución en la convivencia familiar.
La autora concluye que, si bien la educación nutricional es fundamental, se necesitan estrategias multidisciplinarias que aborden de raíz el bienestar emocional de los adolescentes.












