Mal de minas

En el poblado de San Juan de Sabinas, Coahuila, ha ocurrido una situación extrema: la explosión de una mina de carbón y el encierro de 65 trabajadores que quedaron atrapados en Pasta de Conchos, que es propiedad de la empresa Industrial Minera México.

Naturalmente la preocupación de todos ha estado en salvar la vida de estos trabajadores. Ello es prioritario. Es indispensable hacerlo.

Y sin embargo, esta tragedia pone en la mesa de las reflexiones la situación en la que se encuentra el aparato minero del país, las condiciones en las que se encuentran cada una de estas minas y, por supuesto, las condiciones de trabajo tanto físicas, como de seguridad y salariales de quienes tienen la necesidad de llevar a cabo una tarea por sí mismo extrema.

Aun cuando la delegación de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social en el estado certificó apenas el pasado 3 de febrero que la mina Pasta de Conchos cumplió con las 43 recomendaciones menores de ajuste de equipo que se les hiciera previamente, también es cierto que del ano 2001 a la fecha han muerto en las minas del norte de Coahuila 25 personas, en diversos incidentes de trabajo, lo que no habla bien de los índices de seguridad en la zona.

Ciertamente, trabajar en minas implica asumir riesgos personales que son inherentes al oficio, sin embargo, ello no significa que tengamos que resignarnos a ver cómo se pierden vidas humanas sin remedio, por el sólo hecho de que sea una actividad con altos niveles de peligrosidad.

La tecnología moderna permite garantizar condiciones óptimas de extracción de minerales, con mínima posibilidad de sufrir un accidente, siempre y cuando se apliquen de manera muy rigurosa los protocolos de seguridad y los estándares de protección de las personas.

Un elemento adicional es dar seguimiento a la forma en que están amparados los trabajadores ante este tipo de accidentes, tanto por su propia empresa como por el Estado mexicano. Conforme han pasado los anos, la minería ha desmerecido en importancia respecto del resto del sector energético, en cuanto al monto de aportación al PIB nacional -superado en mucho por el petróleo-, lo que ha derivado en el deterioro de la inversión en el sector y un desgaste en la relación laboral de los trabajadores con las empresas que se dedican a dicha actividad.

Las malas condiciones de trabajo son la norma en la minería, pese a las certificaciones que pueda hacer la autoridad de las condiciones mínimas de seguridad, cuando en realidad deberíamos estar hablando de un grado óptimo en las condiciones máximas de seguridad, en las que no somos, como país, competitivos.

Asimismo, lo sucedido en esta mina de Coahuila nos advierte de la urgencia de revisar con cuidado la forma en que los trabajadores y sus familias se encuentran amparados en casos como este, no sólo por lo que hace al aspecto de condiciones en su área laboral, sino en cuanto a las prestaciones que se derivan de su actividad, que tampoco parecen ser de lo mejor, lo que a todas luces es injusto por el grado de riesgo en que enfrentan los mineros su labor cotidiana.

Nadie puede hacerse de la vista gorda ante lo que está pasando en la minería mexicana. Ésta debe detener su deterioro. No podemos enfrentar el siglo XXI con la afrenta de ver cómo explotan minas y cómo se pone en riesgo la vida de un punado de obreros generalmente mal pagados. Urge modernizar esta industria pero, sobre todo, urge garantizar la integridad física y laboral de quienes ahí trabajan. (El Universal)