A sus 50 años, doña Marcela Guillén Torres tiene las manos curtidas por el hule y el metal. Desde hace 15 años, una pequeña talachera de apenas cinco metros cuadrados en la colonia Vida Mejor de Tuxtla Gutiérrez, ha sido un espacio que se ha convertido en el símbolo de su lucha diaria.
Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, su historia se erige como un homenaje a la tenacidad femenina en un oficio que, por tradición, se considera de “hombres”.
Con una sonrisa amable que contrasta con la rudeza de las llantas y las herramientas, Marcela atiende a sus clientes.
Horario
Su día comienza temprano, a las seis de la mañana y se extiende por 12 horas, un ritmo desgastante que vive con la frente en alto.
Su mayor motor: sus hijas, hoy de 20 y 18 años. La mayor está por recibirse como contadora pública; la menor, a punto de iniciar la carrera de Ingeniería en Sistemas.
“Echándole ganas, no de la noche a la mañana se puede salir adelante, cuesta, pero ahora sí que no debemos rendirnos”, expresó, mientras continuaba trabajando.
La historia de Marcela en este oficio comenzó con un sueño compartido que se desmoronó. El negocio fue planeado inicialmente con su pareja, quien la abandonó para formar otra familia, dejándola sola con sus dos pequeñas, entonces de cinco y siete años.
Historia
“Pues desgraciadamente él conoció a otra familia, se fue y nos dejó, pero como es mío esto, yo le invertí, a mí se me quedó y yo empecé a trabajar”, relata Marcela, dejando claro que el local fue su herencia y su tabla de salvación.
Lejos de rendirse, Marcela echó mano de sus raíces. Proviene de una familia de talacheros: su padre y hermanos trabajan frente a la Central de Abastos, especializados en llantas de tráiler. Con ese ejemplo, y con valor, decidió emprender sola.
“Para ser mujer, a veces nos topamos con hombres machistas que nos tienen desconfianza de que no lo podemos hacer. Y gracias al Señor, pues con valor y miedo, porque siempre da miedo, ¿será que lo voy a poder armar?”, recuerda sobre sus inicios, cuando su primer cliente fue un auto Nissan.
Perseverancia
El trabajo de una vulcanizada es todo un proceso que Marcela domina a la perfección: se quita la llanta, se moja para encontrar la fisura, se desmonta con palanca y espátulas, se raspa, se coloca el parche y se prensa en la plancha caliente.
Cada reparación tiene un costo de 60 pesos, y en un día bueno, atiende de cuatro a cinco autos, aunque a veces la clientela escasea y solo queda esperar.
“A veces hay, a veces no hay, pues cuando hay, se debe aprovechar y cuando no, pues esperar”, explica con la filosofía de quien ha aprendido a sortear la adversidad.
Además del trabajo físico, Marcela ha tenido que convertirse en administradora de su hogar. Con los ingresos de la talachera ha pagado estudios, servicios, impuestos y comida.
Administración
“Ahorita sí que como madre tenemos que ser contadora, administradora y todo para poder equipar los gastos”.
Sus hijas, orgullosas, la apoyan cuando salen de la escuela, y aunque a veces recibe ayuda de sus sobrinos, el día a día lo enfrenta sola frente al compresor y las llantas.
“No sé qué tanto más pueda yo aguantar, porque sí es pesado este trabajo, pero le pido a Dios que logre sacar las carreras de mis hijas, lo que ellas quieran estudiar. Con eso para mí ya es bastante ganancia”, confiesa.
Un mensaje de fortaleza
Doña Marcela no es solo una mujer que repara llantas; es una mujer que reconstruyó su vida. Originaria de Tuxtla Gutiérrez, estudió una carrera comercial en programación analista, pero la falta de experiencia le cerró las puertas. Trabajó en farmacias, donde le tendieron la mano, pero fue en la talachera donde encontró su verdadera independencia.
Para ella, en este Día de la Mujer, el mensaje es claro: “Sí se puede, echándole ganas, obvio que no de la noche a la mañana se logran las cosas, cuesta, pero ahora sí que no rendirnos. Los hijos son los que nos dan esa fortaleza para seguir adelante. Es mi motivación”.
Y mientras el cansancio llega al caer la tarde, Marcela sigue ahí, en su pequeño taller, demostrando que no hay oficio que una mujer no pueda desempeñar con coraje, decisión y valentía. Su excompañero nunca volvió a saber de ellas, pero Marcela prefiere ver hacia adelante.
Seguridad
Los carros van, vienen, todo fluye en Vida Mejor, la maestra talachera observa con paciencia, acompañada de “Max”, un perro que es el velador del negocio, “el perro cuida bien, porque también hay gente abusiva que ha robado herramienta, quizá por ser mujer, tratan de abusar”.
“La mejor herencia que les puedo dejar a mis hijos son sus estudios. Ver a mis niñas, que las tuve chiquitas y ya están tan grandes, una por terminar su carrera y la otra por empezarla, para mí es la felicidad más grande”, concluye, mientras una manguera de aire comprimido descansa a sus pies, testigo silencioso de 15 años de lucha inquebrantable.












