María Elena Cruz Chiñas nunca se imaginó que al escuchar el llanto de sus hijas se despertaría en ella una verdadera guerrera dispuesta a luchar contra una enfermedad como el cáncer y salir adelante no solo por su salud, sino por el resto de mujeres que enfrentan una situación similar, lo que la llevó a formar la asociación civil Guerreras con Fe y Esperanza.
Fue hace alrededor de siete años cuando María Elena fue diagnosticada con la enfermedad.
“Todo comenzó cuando a mí me diagnostican con cáncer de mama, etapa uno; bendito Dios, fue diagnosticada a tiempo, con un tratamiento de ocho ciclos de quimioterapia, posteriormente cirugía, una mastectomía radical total y de ahí radioterapia”.
Su experiencia
Tenía una bolita en el seno izquierdo y cuando alguien pasaba a unos centímetros de ella, sin siquiera tocarla, reconoce que le dolía, le molestaba y no soportaba que alguien pasara a su lado, por lo que esto llamó su atención y fue a consulta, en donde le dijeron que efectivamente había algo extraño.
Desde el momento en que le hicieron un ultrasonido y vio la cara de sorpresa de la doctora, sintió que algo no estaba bien, así que le practicaron una mastografía y sus sospechas fueron confirmadas.
Solo faltaba esperar los resultados de una biopsia de mama, en donde supo que la enfermedad era cáncer de mama.
Recuerda que cuando supo del diagnóstico sus hijas era muy pequeñas, pero nunca la dejaron sola.
Todo su tratamiento lo recibió en el Instituto Mexicano del Seguro Social y el oncólogo que la atendió fue Rómulo “N”, pero las radioterapias fueron aplicadas en el Hospital Siglo XXI de la Ciudad de México.
Confiesa que en la segunda quimioterapia se sintió abrumada y pensó en que ese sería su final, pues los efectos de las náuseas, los vómitos, el dolor constante del estómago, la diarrea, además de una sensación de un sabor metálico en la boca y el proceso de ocho o diez días de recuperación, le afectaron.
“Hablé con mi médico y le dije: doctor, yo ya no quiero nada, yo ya no voy a aguantar, ya no quiero nada, pero el doctor respondió: ‘ok, si ya no quieres el tratamiento, ya no vengas al tratamiento, pero eso sí, te vas a morir’; me habló muy fuerte y se lo agradezco, y piénsalo bien, tienes dos hijas, fue muy claro y conciso”.
El detonante que la hizo reaccionar, reconoce, fue que en una ocasión subió unas escaleras al interior de su casa y al subir escuchó que en la recámara de sus hijas, las dos pequeñas que aún estaban en la primaria lloraban, así que se cuestionó: “Qué estoy haciendo, estoy haciendo que mis hijas sufran por mí, cuando ellas le están echando todos los kilos y yo no estoy haciendo nada por mi vida, me estoy dejando morir”.
Lo anterior hizo a María Elena sacar fuerza de su interior, pues se planteó la posibilidad de lo que pasaría si sus hijas se quedaban sin ella, pues en todo caso, su madre es una mujer grande y sus hermanas tienen sus propias familias y dejarlas en la orfandad no sería lo mismo.
Reconoce que eso fue un puntapié que la hizo regresar a su tratamiento con más tranquilidad y alegría, con mucha felicidad, sin dar lástima y siempre muy bien arreglada, y cuando terminaban las quimioterapias dejó de tener reacciones negativas, por lo que así concluyeron sus ocho ciclos.
“Bendito Dios, no sé en qué momento sembré, pero empecé a cosechar, surgieron muchos amigos, muchas amistades, mi familia nunca me dejó sola, mis hijas más contentas y felices conmigo”.
Sus hijas la tuvieron que acompañar a las sesiones de radioterapia y las tenía que dejar en la entrada del hospital, a cargo de un vigilante del acceso, quien se hacía cargo de cuidarlas y no faltaba quién les compartiera alimentos.
Muy alegre comparte que a pesar de la situación compleja de salud que enfrentaba, siempre se mantuvo con buen ánimo y contó con el apoyo para sus hijas.
Guerreras con Fe y Esperanza
Surgió en el momento en que recibía los tratamientos y notó que algunas mujeres estaban solas, ya que muchas veces los esposos las dejan justo en el momento de la enfermedad, pues reconoce que muchas veces les da miedo, no saben cómo enfrentar la situación.
Mayorly y Sonia, quienes también padecieron la situación de salud, notaron que había muchas necesidades, así que comenzaron a visitar a las demás pacientes y ver la manera de ayudarlas, así surgió Guerreras con Fe y Esperanza.
Así armaron a un grupo de la aplicación WhatsApp, y poco a poco se sumaron personas profesionales y empresas de salud que las han apoyado.
Reconoce que a pesar del miedo de formar una fundación, sabe que después de enfrentar al cáncer, cualquier miedo es menor.












