Han pasado 43 años de esa fría madrugada en la que María, a sus 10 años, tuvo que abandonar su hogar en la comunidad de Nachig, municipio de Zinacantán, por las amenazas de que sería asesinada junto con su familia por profesar una religión diferente a la católica.
Con una madre paralítica, sin rumbo fijo, una gran tristeza en el alma y coraje en el corazón, solo pudo recurrir al don que Dios puso en sus manos: bordar y tejer.
Al igual que muchas mujeres indígenas chiapanecas, la artesana tsotsil es un ejemplo de vida, puesto que ha sido migrante en su propia tierra, víctima de la violencia, el machismo y creencias que en la mayoría de las ocasiones rayan en lo absurdo.
María Margarita Hernández Pérez aprendió el arte de tejer desde pequeña, su abuela y madre le enseñaron a fabricar su vestimenta, sin saber que ese conocimiento ancestral sería un instrumento para escapar de la violencia.
Una dolorosa despedida
A su memoria viene un amargo recuerdo. En una ocasión su padre alcoholizado le propinó tal golpiza a su madre que le rompió la columna, se quedó sin poder caminar.
Al vivir en un entorno con creencias, costumbres y tradiciones arraigadas, no les permitían acudir a un médico, pues tenían que curarse mediante la intervención de médicos tradicionales, con rezos y rituales en las cuevas de la misma comunidad.
“En la comunidad, cuando uno se enferma no podemos ir al doctor, tenemos que acudir con los curanderos, pero mi madre no pudo hacer eso, se desmayaba del dolor si la tocaban. Por ello buscó la ayuda médica, los doctores llegaban a verla cada cuatro días”, relata.
Por esos años comenzó en esta comunidad la violencia contra aquellas personas que tenían una religión distinta. Sin entender en ese momento lo que ocurría, un tío cercano iba a ser el encargado de quemar su casa, esperando un desenlace fatal.
“Un tío iba a quemar nuestra casa, nos enteramos, mi madre estaba enferma pero aun así tomó una dura decisión que cambió nuestra vida para siempre”, comparte.
En su condición, la madre de María les dijo que escaparía de la comunidad, pidiéndoles a sus hijos se quedaran si lo decidían de esa manera.
Fue así que juntos escaparon de Nachig, caminaron con algo de ropa, siendo una fría madrugada; entre las veredas salieron y llegaron a San Cristóbal de Las Casas.
Posteriormente les dieron la oportunidad de sacar sus pertenencias, con el apoyo de un camión.
Al llegar a la ciudad buscaron a sus conocidos tsotsiles, aquellos que también fueron expulsados y con ellos prestaron un espacio para vivir.
La mujer recordó que al llegar a la ciudad tenía miedo, no hablaba ni entendía el español, “no teníamos nada, no sabíamos qué iba a pasar, lloraba, me daba tristeza, apenas salía una media cuadra y me regresaba”.
“Al paso del tiempo, algunas personas me preguntaban sobre mi vestimenta, preguntaban si yo la elaboraba, me decían que estaba bonita, que les gustaba, fue así como a mis 13 años comencé a elaborar las artesanías y me daba el pan de cada día, me di cuenta de la importancia y le di el valor a mi trabajo”, expresa.
Un milagro inesperado
Tras llegar a San Cristóbal de Las Casas, su familia, integrantes de la religión presbiteriana, realizaba oración como hasta hoy en día. Su fe se fortalecía y un día su madre se levantó, poco a poco comenzó a caminar, “y al día de hoy, a sus 84 años de edad, está bien, está sana, Dios existe, es bueno”, indica.
“Al llegar a San Cristóbal sentía que no teníamos nada, que estábamos en la calle, no había qué comer, no podíamos sembrar, no brotaba comida de la tierra como en la comunidad, no hablaba español, las personas me miraban, me señalaban, hablaban; iba con mi madre, le platicaba y ella me abrazaba, me decía ‘vas a aprender’. Así aprendí el español con coraje y lágrimas, poco a poco aprendí a defenderme”, recuerda.
Al paso del tiempo ha perfeccionado los tejidos, los bordados a mano y en telar de cintura, con diferentes hilos, estambres y técnicas que se reflejan en verdaderas bellezas.
Los clientes la buscan, le hacen encargos, le llevan modelos y al día de hoy no existe bordado alguno que no pueda elaborar.
Con mucho talento y esfuerzo ha logrado construir su casa, ha formado un hogar, tiene esposo y dos hijos, “a pesar de todo el miedo que tenía formé mi familia. Tenía miedo de los hombres, que me golpearan, pero todo ha mejorado; he hablado con mi esposo y ahora hablamos, nos apapachamos. Todo ha mejorado”.
La mujer artesana comenta que le gustaría que sus hijos varones aprendieran a elaborar artesanías, pues se trata de su identidad, de la identidad de un pueblo, de los indígenas, y es motivo de orgullo, ya que no se trata de un oficio exclusivo de la mujer.
Actualmente es reconocida por su trabajo, y hasta ha creado su propia marca: “Tejiendo la Historia”. Es una gran mujer que ha logrado tejer “su propia historia”, a pesar de todas las adversidades que han aparecido en su largo camino.












