Rafael Loret de Mola * Cuarto Poder
Hay una clara relación de causa efecto entre los menores ultrajados, abusados, sometidos por la violencia de sus mayores y los menores que infringen la ley, que cometen diversos tipos de delitos; pero también hay muchos otros motivos que orientan a los seres humanos desde muy temprana edad a las conductas antisociales o francamente criminales.
México padece el doloroso problema de la violencia contra los menores y de los menores infractores, principalmente en las grandes concentraciones urbanas, y lo ve agudizarse ano con ano, aun con diferentes matices según la clase social en que se produzca. Sólo en el primer trimestre de este ano, según la Fiscalía para Menores, mil 197 adolescentes más de 13 al día fueron detenidos por diversos delitos. Desconocemos cuántos andan prófugos o no fueron denunciados.
A menudo sabemos de adolescentes que atracan, hurtan, asaltan, roban automóviles, extorsionan, trafican con drogas o mercancías de contrabando, birlan artículos en mercados, supermercados, comercios y boutiques y hasta aparecen implicados en secuestros y asesinatos. Lamentablemente, no se trata de hechos aislados, esporádicos, sino de actividades cotidianas, tan regulares que los medios de comunicación ya sólo se ocupan de ellos cuando rebasan ciertos montos o revisten alguna singularidad.
El fenómeno requiere una atención mayor en el diagnóstico de las raíces y en la observación de la carrera delictiva de los menores en conflicto. Parecen villanos, pero en buena medida son víctimas. Una de las causas visibles es el mal ejemplo. Los malos, contra lo que idealmente pensamos y queremos, no siempre son castigados. Muchas veces ganan y se vanaglorian públicamente de su fortuna malhabida.
Debemos preguntarnos por qué ninos y jóvenes, muchos de ellos de gran viveza, no están en vías de preparación para ser en el futuro mejores ciudadanos que nosotros, o, peor aún, si esa supuesta formación concluye en una barnizada de nociones generales y está ayuna de nutrientes morales que fijen las convicciones elementales de verdad, honradez, honestidad, honor, respeto, dignidad, integridad, convivencia y efectiva superación personal.
Claro, muchos de los principios se implantan en el seno de la familia, pero la escuela es omisa en esos renglones y la práctica religiosa suele dar prioridad a la liturgia, a la obediencia y a la resignación.
El estado, en sus tres niveles, federal, estatal y municipal, tiene el gran desafío de una renovación en los programas educativos que acentúen la formación tanto como la información y el desarrollo de la capacidad crítica de los estudiantes, de manera tal que la sociedad pueda hacer aportaciones. Es, más que su derecho, su obligación.
Así se atendería una parte de la cuestión. Importa, pero no es suficiente. Los ninos de la calle y otros muchos menores que tienen hogar solamente en apariencia, requieren atención cuidadosa.
Si no comen y su salud es precaria, difícilmente podrán interesarse en su educación y en su formación.
Hacen falta verdaderas casas para los ninos, dirigidas por educadores con vocación de ayudar a sus pequenos prójimos. Si los recursos públicos no bastan, como seguramente no bastarán, convoquemos al fortalecimiento de las fundaciones benéficas y al espíritu de los filántropos que pueden hacer todavía más, como ocurre en las grandes naciones que admiramos por su progreso y su preocupación social.
A la larga, el beneficio será para toda la sociedad mexicana. Un nino salvado de la violencia o de convertirse en delincuente será un hombre de bien que la honrará con su conducta y su trabajo. (El Universal).











