En materia de agresiones físicas vamos de asombro en asombro en el país. Esta semana un padre de familia asesinó a sangre fría a una maestra, vivimos el día con mayor número de ejecuciones, se alertó sobre el alto índice de tráfico y explotación de ninos, y un estudio de la SEP nos advierte de insultos cotidianos de alumnos de primaria y secundaria hacia sus profesores. México no puede ni debe acostumbrarse a la violencia como un ominoso telón de fondo de la vida nacional.
Cualquiera de estos hechos, puede argumentarse, tiene un detonador inmediato diferente, pero en el fondo pudieran estar siendo concebidos desde una misma matriz: crecientes niveles de violencia intrafamiliar y social.
Si infancia es destino, como pregonaban los clásicos, estamos en problemas. Los ninos mexicanos de todos los estratos la ven y la viven. Inculcar actitudes y hábitos sociales lleva tiempo, de ahí que la actual espiral de violencia no es algo que surgiera espontáneamente, de la noche a la manana; responde a condiciones de abuso de poder y de impunidad que han tomado carta de naturalización en México.
Agresiones que no comienzan necesariamente en golpes, sino en excesos verbales y presiones psicológicas, que danan la autoestima de la persona y tejen resentimientos de por vida. Somos todavía una sociedad que ensena desde el seno del hogar y hasta en los espacios de empleo reglas de comportamiento y estratificación injustas hacia los más débiles.
En la política y en la economía mexicanas de igual manera se han dejado entrar grados de violencia como arma válida para demostrar poder.
No estamos encontrando mecanismos para atemperar la problemática. Por el contrario, a la escalada de las agresiones se responde con más fuerza, como es el caso de la decisión de sacar a la tropa a las calles o con el silencio de las víctimas, como ha pasado en las escuelas donde no se reporta a los agresores, sean éstos alumnos o padres, hasta que la escalada termina en tragedia.
Es ya tan natural ver golpes y balaceras que una incursión al portal de YouTube arroja múltiples imágenes tanto de ejecuciones como de peleas a mano limpia de estudiantes de secundaria.
Formar generaciones de mexicanos acostumbrados a la violencia acaba por relativizar el lugar de ésta en la escala de valores nacional.
Se cruzó una línea civilizatoria con el asesinato de la maestra Carla Jiménez Banos; se pasó de la agresión verbal, que tampoco es aceptable, a la eliminación física como forma tolerada de lidiar con un problema. zNos sorprende? zPor qué, si otras barreras han sido cruzadas en el ámbito de la violencia y su visibilidad: cortar orejas a víctimas de secuestros, decapitar a los rivales?
Cuando se pierde respeto por la vida, cuando es la agresión una moneda de intercambio cotidiano, cuando se vive al límite y se tolera silenciosamente el abuso, siempre habrá alguien que se arroje al precipicio y arrastre consigo a inocentes.
Tenemos que romper la espiral de violencia a todos los niveles, comenzando por los más inmediatos, como el hogar y la escuela. México no puede deslizarse por el tobogán de la desintegración. (El Universal)











