"La secuestraron, torturaron, violaron, esclavizaron y, para no dejar huellas, la mataron. Es la historia diaria de las miles de mujeres y ninas -madres, hijas, hermanas- que en México nutren el negocio de la explotación sexual, el crimen más danino para la sociedad, pero quizá el más impune.
Como con las drogas, la explotación sexual tiene una ruta muy clara: desde Centroamérica hasta los tres países que conforman el norte del continente: México, Canadá y Estados Unidos. Es una actividad cuyos vínculos internacionales explican la geografía de sus ""capitales"": Tapachula, Acapulco, Cancún, Tijuana y Ciudad Juárez.
""A mí, un triciclero me llevó a un burdel, necesitaba el trabajo porque el coyote me había dejado tirada en Ciudad Hidalgo. Al final me enteré que la duena pagó 300 pesos por mí"", dice una de las víctimas centroamericanas que terminó prostituída en un centro nocturno de la frontera entre Chiapas y Guatemala.
México cumple hasta la ignominia con las tres funciones básicas del negocio: importa, exporta y consume. zLa razón? Es un paraíso de la impunidad. En un estudio elaborado entre Unicef, DIF y Ciesas, en el 2000, se constató que las sanciones contra ese delito se han incrementado, pero casi nunca los casos llegan a las procuradurías y, cuando lo hacen, ""muy pocas veces éstas y otras instituciones actúan en contra de los explotadores y en beneficio de las víctimas"".
Brillan por su ausencia los programas de atención especialmente disenados para las víctimas, quienes, por lo general, permanecen sin posibilidad de rehacer su vida.
La dimensión de este negocio se estima en más de 32 mil millones de dólares, sólo por debajo del tráfico de armas y de drogas. Sin embargo, la preocupación de México no parece tanta, ni siquiera en el discurso. Hay dos posibilidades: negligencia o complicidad.
Los estudios alrededor del tema y las víctimas que se han atrevido a hablar sobre él vinculan a autoridades y empresarios en el negocio, lo que reduce la posibilidad de ""criminalizar"" a las mafias.
Por eso, ante el letargo y la corrupción de las élites, lo mínimo que debe hacer la sociedad es indignarse, protestar como antes lo hizo con otros asuntos, tal vez muy imporantes, pero seguro no tan abominables como este. (El Universal)
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