La falta de un gran acuerdo bilateral entre México y Estados Unidos sobre el tema de migrantes pone en riesgo la integridad física y la vida de miles de connacionales que se arriesgan cotidianamente para buscar sustento en otro país. Según estudios del Senado de la República, el ano pasado 4 mil 400 mexicanos fueron lesionados, mutilados y expuestos a conductas delictivas al intentar cruzar la frontera norte.
Esto ha llevado a legisladores, como Héctor Guillermo Osuna, del PAN, a pedir el cierre militarizado de la frontera por razones humanitarias. Como se ha mencionado en este mismo espacio, tal propuesta, independientemente de sus nobles motivaciones, sólo complicaría aún más el cruce de compatriotas que no tienen en sus lugares de origen formas de subsistencia. Cerrar o sellar la frontera no modifica las condiciones económicas que dan lugar a la migración, pero sí generarían desesperación, que llevaría a los migrantes a ser más audaces o arriesgados en su búsqueda del cruce fronterizo.
Desde otra óptica, los investigadores Stephen Castles y Mark J. Miller, autores del libro La era de la migración, ubican lo que sucede en nuestra frontera norte en el contexto de una época global de movimientos humanos en busca de sustento y mejores oportunidades de trabajo, lo mismo en Asia que en Europa o América.
Al particularizar en el caso de México los académicos no prevén un acuerdo migratorio bilateral en el corto o mediano plazos, en vista de que la enorme desigualdad de economías hace inviable aplicar aquí un esquema de regionalización y libre tránsito de trabajadores, similar al de la Unión Europea, donde las economías son más o menos parejas.
Consideran que las migraciones sólo pueden ser resueltas en el largo plazo, siempre y cuando se den las condiciones económicas, sociales y comerciales suficientes en los países expulsores como para revertir esa tendencia.
En el caso de México, advierten, el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, lejos de ser el ariete del progreso en nuestro país, sólo llevó a la pobreza a amplios sectores de clase pobre y media durante la liberalización de la economía.
Es decir, salvo que de manera súbita se dieran las condiciones al interior de Estados Unidos para que su gobierno y su Congreso acordaran normalizar y legalizar los cruces fronterizos de quienes viajan a hacer aportes importantes a su economía, el panorama es más bien pesimista. México tiene que preocuparse por desarrollar su economía y generar empleos suficientes y bien remunerados; un camino largo y tortuoso, pero ciertamente el único duradero.
Apostar a que un acuerdo migratorio con Estados Unidos nos sirva para bajar la presión social y económica dentro del país no parece realista. Hay que buscarlo, sí, pero no centrar en él todas las esperanzas hasta resignarnos a ser un país expulsor de mano de obra.
En cambio, es preciso enfatizar la reconversión de nuestro aparato productivo para ponerlo al servicio del crecimiento económico y la generación de empleos que sean formales, no de aquellos ubicados en la informalidad o el precario autoempleo, que en poco o nada ayudan a fortalecer la economía.
Tanto los estudios de Castles y Miller, como la preocupación del Senado de la República por la integridad física de nuestros compatriotas, forman parte de un fenómeno más amplio que debe ser atendido desde sus orígenes y no sólo a nivel de sus consecuencias. (El Universal)











