"Indignados, patrioteros, solemnes, e incapaces de comprender las claves del humor inglés y de un sarcasmo extremo, reaccionamos los mexicanos frente al episodio Top Gear de la BBC. Todos -gobierno, diplomacia sector privado, medios de comunicación y ciudadanos en general- mordimos el anzuelo provocador de tres comediantes. Nuestra reacción no deja de llamar la atención. Ni el maltrato que los nuestros sufren en EU ni el racismo y la discriminación que se practican a diario en nuestro país, nos conmueven de esa forma.
Cuando hace algunos meses Sergio Hernández, un niño de 14 años, fue asesinado en la frontera por un guardia fronterizo, la canciller Patricia Espinosa apareció con rostro indolente frente a las cámaras de televisión para emitir una protesta de rutina, pero el asunto pronto pasó al olvido. Dentro del país, cuando el año pasado -en pleno siglo XXI- dos mujeres indígenas fueron expulsadas del centro comercial Altamira porque su presencia ""ahuyentaba"" a los vecinos de Polanco, sólo un columnista -Carlos Heredia- alzó una voz contundente de indignación y repudio. Pocas veces la sociedad mexicana reacciona frente a ese racismo silencioso y vergonzante que practica puertas adentro. Pero de pronto nos indigna que una remota cadena televisiva aparentemente lo haga.
Más de uno de los nuestros aparece ahora dispuesto a envolverse en la bandera mexicana y a arrojarse desde el piso más alto de la Torre Latinoamericana. ¡Como si la dignidad de una nación se jugara en los chistes de un programa de televisión! Un nacionalismo de manual, poco efectivo, aprendido en las monografías de las papelerías, una diplomacia defensiva y meramente gestual que al final nos muestra débiles e inseguros frente a nuestro lugar en el mundo.
El programa de la BBC que tanto nos irritó es una burla a todo, una falta de respeto permanente en el que los conductores se ríen de los demás tanto como de sí mismos (una virtud inglesa que merece reconocimiento). Top Gear busca provocar y desafiar los límites de lo políticamente correcto. Alguna vez, el mismo comediante causó un escándalo al llamar a Gordon Brown ""tuerto idiota y escocés"", para más tarde dirigir sus disculpas exclusivamente a la organización de discapacitados visuales. Más que una mofa a los mexicanos, los comentarios eran una burla al estereotipo que algunos, en su ignorancia, tienen de México y de otras nacionalidades.
Me pregunto si el gobierno alemán se inclinaría a protestar porque tres conductores caricaturizan a los suyos como nazis o si Francia se pronunciaría contra alguno de ellos por mofarse del olor estival que suelen emitir sus nacionales. Inglaterra no protestó cuando Andrés Bustamante caricaturizó a los ingleses disfrazándose de hooligan. Sudáfrica y China no respondieron con indignación cuando sus compatriotas fueron caricaturizados por nuestros cárteles televisivos con tan poca sofisticación y refinamiento. No lo hicieron porque todos esos países tienen claro su lugar en el mundo y porque no necesitan inventar un enemigo externo. Alemania y Francia tienen asuntos más importantes que tratar; Sudáfrica y China están ocupados en crecer.
Claro, el embajador de México hacía su trabajo. Si no elevaba una protesta hubiera recibido toda suerte de críticas. Pero me pregunto si no deberíamos guardar saliva para usarla cuando realmente es necesario. En lugar de simular patriotismo para el consumo popular discutiendo el contenido de un programa de televisión, sería mejor que la diplomacia mexicana en el Reino Unido alzara su voz, por ejemplo, contra la ley de migración que busca aprobar el gobierno de David Cameron. Una ley que afectaría severamente a nuestros migrantes en ese país, a los miles de estudiantes mexicanos y a sus familias.
Creo que hubiera sido más pedagógico y reconfortante si los mexicanos pudiéramos haber respondido con un gran ejército de humoristas; ésa hubiera sido una auténtica respuesta de altura. En lugar de eso decidimos tomárnoslo todo muy en serio. Si estuviéramos más seguros de nosotros mismos, de lo que somos y de nuestro lugar en el mundo, sólo podríamos reírnos después de escuchar que algún ciudadano de la pérfida Albión -que no se caracteriza por haber dado al mundo grandes contribuciones culinarias- ose referirse a nuestra comida, patrimonio cultural de la humanidad, como ""vómito refrito"". Pero el episodio nos dejó derrotados porque removió una vez más nuestros más profundos y abigarrados complejos de inferioridad.
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