Narcogobierno en Apatzingán

De súbito cobró renombre en la geografía nacional Apatzingán. El cártel del Golfo parece haber trasladado su centro de operaciones del estado de Tamaulipas al de Michoacán, precisamente en esa localidad donde se han dado violentos enfrentamientos contra gatilleros de todas las demás bandas rivales, que ahora culminan con actos de decapitación, como en la Edad Media y entre grupos de salvaje radicalismo en Oriente. Y algo peor: nadie en el gobierno pierde la compostura por esos síntomas de descomposición y barbarie.

En los últimos días, los reporteros de EL UNIVERSAL dan cuenta detallada de cómo la actividad de los narcotraficantes es abiertamente reconocida por los habitantes de esa región, la Tierra Caliente michoacana, en prácticamente todos los negocios de la zona, y de cómo tenían a su servicio al cuerpo policiaco municipal, equipado con recursos de lo mejor en armamento, cascos y chalecos blindados.

Los guardaespaldas de los traficantes de drogas se desplazan en camionetas último modelo, con armas largas que ni se preocupan en disimular, y hay parajes rurales de acceso restringido, donde operan con total impunidad. La situación dura ya dos anos.

Apatzingán está por el momento vigilado por militares y por enviados de la Agencia Federal de Investigación, pero la actividad delictiva no ha sido detenida con su poder de corrupción y de violencia. Hay policías detenidos y prófugos, inclusive el jefe de ellos, acusados de enfrentamientos en nombre de los maleantes, de secuestros y asesinatos.

La aquiescencia o indiferencia de las autoridades michoacanas es evidente, y los narcotraficantes venden también protección a empresarios, como en el Chicago de los anos 20. Pareciera que el dominio de la zona está peligrosamente en manos del crimen organizado, con la deplorable ausencia del gobierno. Su esporádica aparición para fines mediáticos no alcanza a modificar la esencia de la cuestión. No ha sido posible garantizar por parte del Estado la seguridad en esa rica y bella comarca.

Los Zetas, esa tristemente afamada agrupación criminal formada por militares adiestrados para combatir el narcotráfico, bajo las órdenes del general Jesús Gutiérrez Rebollo -ahora en prisión sometido a proceso-, campea a sus anchas en Apatzingán como en otros pocos lugares de la geografía nacional. Son desalmados, pero, sobre todo, gozan de total impunidad.

El gobierno no sólo ha sido ostensiblemente rebasado por las mafias del comercio de enervantes, sino que su disposición para enfrentarlas deja mucho que desear. Más que ineficientes, los agentes parecen cómplices, como en realidad lo eran los gendarmes de esa municipalidad michoacana.

Aunque la tarea no parece fácil, es imperativo exigir de las autoridades un combate frontal y eficaz contra el narcotráfico, que ya cruzó una nueva frontera con la horrorosa práctica de las decapitaciones, antes de decidir que las propias autoridades, locales y federales, sean llamadas a juicio por los cuerpos legislativos, dada su crasa ineficiencia y su criminal complacencia ante el creciente tráfico de drogas en todo el país. (El Universal)