Si antes nos quejábamos de los narcotraficantes que venían del sur, ahora son los centroamericanos quienes padecen la desbordada acción criminal de los distribuidores de droga que les llegan de México cargados de violencia bien armada.
Al carácter transnacional de los negocios mexicanos, hasta hace poco circunscritos al cemento, la cerveza, la harina de maíz, el pan Bimbo, ICA, las empresas telefónicas de Carlos Slim y las telenovelas, se unen ahora los siniestros cárteles del Golfo, Sinaloa y Juárez.
La conexión entre las pandillas de Cali y Medellín con las mexicanas se asienta en Guatemala. Una sola balacera, en el departamento de Zacapa, dejó 11 cadáveres.
Amafiados con delincuentes colombianos, los mexicanos reciben droga en una treintena de pistas de aterrizaje, o por tierra a través de Honduras, y la trasladan a Petén, para conducirla hasta México en camiones de volteo. Actúan protegidos por bandas de sicarios y abren sus rutas con disparos de metralleta y canonazos de dinero.
Supuestamente, en Guatemala está ubicado El Chapo Joaquín Guzmán Loera, fugado el 19 de enero del 2001 de una cárcel a donde había sido transferido de un penal de alta seguridad, con una autorización impensable y nunca averiguada.
Desde hace más de cuatro anos se tiene información de estas operaciones de la delincuencia organizada, que incluye el reclutamiento para el grupo de Los Zetas de ex kaibiles, los sanguinarios antiguos soldados guatemaltecos que dejan su huella con decapitaciones.
La droga no sólo viene de Colombia, sino también de Ecuador y Perú. También se mantienen rutas marítimas a lo largo de la costa del Pacífico, operadas por El Chapo. La porosidad de la frontera sur y de los 10 mil kilómetros de litoral mexicano hace muy difícil la vigilancia, además de la gran capacidad de corrupción que tienen los delincuentes, provistos de armas de alto poder y maletas de dólares.
Muchos de los narcotraficantes han obtenido cédulas de identidad y pasaportes guatemaltecos falsos, y también contrabandean esmeraldas colombianas y personas.
Ni la cooperación internacional entre México, Colombia y Estados Unidos ni el apoyo en especie otorgado por el gobierno de Washington han logrado evitar que el tráfico de estupefacientes crezca y se extienda. La guerra es insuficiente, en tanto no se combatan las causas del consumo en el mercado estadounidense, el más grande del mundo, ni se replanteen las formas legales y prácticas de abatir este gravísimo problema internacional, dramatizado por la violencia irreprimible. (El Universal)











