A lo largo del camino baja una serpiente roja. Aun más allá de donde la vista alcanza. Ha sido descolgada de los árboles de la montaña fría y se dirige hacia el valle de las tierras cálidas. De su lomo surge un plumaje florido que tiembla con el vaivén de su lenta marcha de sacrificio. Aliento de montaña que emana de los quinientos floreros que a cuestas llevan la flor sagrada de los soctones de Nandalumí, fundadores originarios de Chiapa de Corzo.
Ayer martes inició el retorno con la preciada carga. Navenchauc, paraje de Zinacantán, les dio cobijo en dos días que fueron una mezcla festiva de fe, vendimia, pirotecnia, y el diálogo sonoro de la música lánguida y bucólica de las cuerdas de las tierras altas, con las percusiones y pitos de los soctones.
Tomás Nigenda Sánchez, patrón de los floreros, tiene a su cargo la sincronía de esta gran marcha de los quinientos floreros. Él, como su padre y abuelo, tiene la encomienda más alta a la que puede aspirar quien por primera vez pone a sus espaldas su “mazorca”, atado de flores que puede llegar a pesar hasta sesenta kilos.
Tiene 48 años participando en este ritual intercomunitario y 25 como patrón. Todos asumen su marcha con un alto sentido espiritual. Los floreros no pueden llevar consigo alhajas, relojes, teléfonos celulares, y del primero al último día, deben permanecer en abstinencia total de cualquier bebida alcohólica. El corte del Niluyarilu (flor sagrada, en lengua chiapaneca), y la propia marcha, son una muestra de fe, sacrificio y redención. Dos “castigos” se llevan a cabo: uno en la montaña durante el corte de la flor, y otro frente al altar, en la iglesia de Navenchauc, cuando entre sus manos sostienen al Niño Florero y reciben los azotes del patrón, en busca de expiar sus pecados.
Cuarenta kilómetros deberán recorrer, antes de llegar de nuevo a las orillas del “río de la flor”, a las afueras de Chiapa de Corzo, donde serán topados por sus familias y llevarán a sus altares su sagrada carga.
El día 22, luego de siete días, concluirán su larga marcha con “la velada de la flor”. Sólo entonces concluirá la promesa, y dará inicio un nuevo ciclo anual, para recorrer de nuevo la marcha del Niluyarilu, la flor sagrada.












