"A. Sánchez / E. Náfate * CP. Terminamos de comer y la señora se muestra satisfecha, con ese dejo de complicidad que da el saber que has preparado el mejor platillo y los demás lo reconocen. Nos sirvieron de desayunar tamales. Es la primera casa a donde llegamos para conocer el festejo de Día de Muertos en una comunidad zoque en Chiapas: Nuevo Naranjo.
En Tecpatán y en Copainalá, en la ruta Mezcalapa, como en muchas partes del estado, la tradición del Día de Muertos tiene una misma sintonía: tamales, dulces, altares, pedir calabacita; pero en estos pueblos pobres, humildes, se respira aún más emoción.
Llegamos al mediodía a Nuevo Naranjo, municipio de Tecpatán. La tradición ya había comenzado. Tomamos el desayuno y partimos a un recorrido al pueblo, mis dos hijos y un amigo.
En breve:
-Acá, en el pueblo, vamos temprano el día primero al panteón -esta ahí cerca, al pie de la Ceiba-; vamos con la familia, rezamos y encendemos las velas, señala Carlos Cruz, el hombre que nos ha invitado a pasar a su casa. Es tradición: en este pueblo, a cualquiera, así sea un desconocido, hay que pasarlo a la casa: que coma tamales, que beba caldo, que beba agua fresca. Qué tal es alguno de los muertos de la familia, mutado en otra persona. Por si acaso, hay que mimarlo.
El día primero de noviembre las familias zoques de Nuevo Naranjo, a dos horas de carretera de Tuxtla, acuden al panteón para, con veladoras y velas encendidas, ir a traer a los muertos. Ocurre a las siete de la mañana. Las velas, al llegar a cada una de las doscientas casas de la comunidad, permanecen encendidas frente a los altares. Éstos son pequeños y en ellos hay dulces de calabaza, vaso con agua, aguardiente de caña, cigarros, calabazas, maíz, mazorcas, flores de cempasúchil.
-Las cosas que les gustaba a nuestros muertitos -dice Carlos, un hombre joven templado por el sol del campo.
Cuenta que él tiene dos muertitos: su padre y una de sus hermanas que se murió adolescente.
Mientras Carlos cuenta, su hija, Sandra, sirve caldo.
-Es pollo de rancho -dice el hombre.
Mis hijos Elam, de 12, y Danica, de 18, se muestran más que agradecidos. Retomamos el recorrido y vamos camino a la presa de Malpaso, que extiende uno de sus muchos brazos de agua hasta Nuevo Naranjo, una oportunidad más para obtener ingresos en este pueblo. El agua es generosa, dota de peces a la alimentación en toda esta zona.
Carlos nos ha recibido en su casa como si nos conociera de mucho tiempo; nos explica cómo inicia la tradición en las comunidades, en esta comunidad zoque de un poco más de mil 500 habitantes.
-Estamos contentos porque recibimos a nuestros muertos; antes no trabajábamos en estos días, pero ahora es diferente: hay muchos gastos y los compromisos nos exigen y tenemos que cumplir -comenta el hombre.
Él dice que es bonito ver altares. ""Fui ayer a 'Francisco León' (municipio cercano), ahí estaba un concurso organizado por la presidencia, estaba muy bonito porque participaron todas las escuelas, desde la primaria hasta muchachos de la preparatoria, había bastante alumnos, eso me gustó."" Esa es otra manera de recordar a los muertos.
Aquí en Nuevo Naranjo, el 2 de noviembre, de igual forma a las siete de la mañana ""se regresan a los muertos"". Hombres y mujeres y niños van igual con velas encendidas al panteón a encaminar a sus muertos. Esa es la tradición.
-¿Y qué pasa con aquellos muertos olvidados?
Dice la creencia de que esos muertos no pierden la esperanza de que en el próximo festejo se acuerde de él alguien de su familia. Pero en este pueblo de casas de techos de cinc, gobernados desde la parte más alta por una blanca iglesia de dos torrecillas y refrescados por los lozanos árboles de sus corrales, no hay familia que no se acuerde de los muertos ajenos. Es por ello que en estos días no falta quién limpie de las malezas a aquella tumba olvidada, porque en este pueblo las familias aún son muy unidas y durante estos festejos se pasan intercambiando alimentos: tamales, panes de huevo.
Los tamales se hacen de gallina de rancho y pavo -dice el hombre ya al despedirnos en la puerta de su casa.
Son las dos de la tarde. Partimos hacia el embarcadero. La curiosidad mía y de mis hijos nos hizo caminar un kilómetro de terracería aproximadamente, para llegar a uno de los brazos de la presa Malpaso. El lugar está silencio, propio de la fecha, hacemos algunas fotos. De regreso pasamos por la iglesia del pueblo -ensaya un grupo religioso en una nave que está a un costado-. La iglesia, silencio de los sepulcros, está vacía. Nos marchamos.
Antes de abandonar el pueblo, nos invitan a otra casa. Aquí las visitas son los muertos -así se les considera a los que llegan de visita en estas fechas-; por lo tanto, coman, dice alguien. Aceptamos limonada. La familia tiene un pequeño altar: flores de cempasúchil, maíz, fríjol, calabazas. Es un altar modesto, no me atrevo a preguntar si tienen a un fallecido.
Regresamos a donde iniciamos, a donde la primera casa. Nos dicen que ya está la comida lista. Hay además tamales, pescado, refrescos, pan y café. Comemos apurados. Debemos regresar: estamos a dos horas de casa, quizás más si la noche nos cae en el camino. Terminamos, nos despedimos con la promesa de regresar todos. Traemos pescado, pan y tamales. Son las cuatro y media de la tarde. Nos despedimos. La señora nos despide con una sonrisa.
Salimos de Nuevo Naranjo, llegamos a ""Luis Espinosa"". Tomamos la vía para llegar a Tecpatán. El sol casi se oculta: aprovecha Elam y hace más fotos del atardecer. Arribamos a Copainalá iniciando la noche, revisamos el vehículo y viajamos a Tuxtla. A dos horas quedó Nuevo Naranjo con sus muertos.
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