Óscar, artífice de la madera

Óscar, artífice de la madera

Con paso lento y cauteloso se acerca al auto que se detiene frente a su negocio. Una mujer pregunta por el precio de una casita para el nacimiento del niño Dios. No compra y se va. Óscar regresa a la acera con cuidado, como si temiera que una caída acabe con su débil pierna, o peor aún, con su frágil existencia. Tiene 76 años de edad y 64 de tallar madera.

Un radio viejo, como la casa, como la ropa, como sus instrumentos de trabajo y como su vida misma, lo acompaña en su soledad.

Sentado en una silla, pegada a la pared de la casa, el hombre mira hacia la calle, en la 11 Sur y 6a Poniente de Tuxtla. Dos peatones se acercan. Uno va a la tienda y el otro hacia él septuagenario.

El reportero se identifica y Óscar Montoya López no duda en dar la entrevista.

Habla poco, con tono apagado. Cuenta que comenzó a trabajar la madera a los 14 años. Su cuñado, ya fallecido, le heredó la habilidad y sus pocas herramientas.

“Comencé con lo más fácil, carritos, luego con las miniaturas, pues son muy laboriosas y baratas, las doy a cinco pesos”, dice mostrando una repisa, una silla y un baúl, todos de tres o cuatro centímetros de largo.

Durante un breve recorrido por su negocio callejero, Óscar dice que un carrito cuesta 25 pesos, una camita con buró, 75; un juego de comedor (50 si es de pino y 100 si es de cedro).

Lo que más lleva la gente es el cajón de bolear (100 pesos), ropero, alhajero, monederos, sillitas para niño Dios y casitas para niño Dios (en esta temporada decembrina).

Los artículos de madera son bien trabajados y baratos. Aun así la gente sólo pregunta y se va. El más chico sale en 5 pesos, el más grande en 100 pesos. “Hace cinco años tengo el mismo precio. Ya subió el barniz (de 90 a120 pesos el litro), la madera, el resistol”, explica.

“Gano poco, es más para que no esté aburrido sin hacer nada. Con mi apoyo del Amanecer la voy pasando, pago mi comidita, para qué quiero más… para el tiempo que me queda por vivir”, dice, suspira y toma un banquito en su mano derecha. Éste cuesta 19 pesos.

Y piensa en “la barca del olvido” en que irremediablemente se embarcará algún día, él y todos los mortales.

Oscar tuvo tres hijos, pero sin casarse, fue papá soltero. Les dió educación y ya trabajan. Uno de sus nietos lo visita.

Hace 12 años que vive en esa dirección, en casa de su hermana. “Yo no tengo nada”, dice.

Sólo le quedan las herramientas que le heredó su cuñado, un cepillo, un serrucho, un martillo. “Todo a la antigua”, dice. Óscar no conoce la sierra circular ni las caladoras. Son caras y prefiere trabajar a la antigua.

Al preguntarle a quién heredará su oficio y sus herramientas, Óscar se queda en silencio. Toma al banco de 19 pesos, suspira y concluye: “A nadie… No tengo a nadie”.