Pactos posibles y deseables

"La firma de la Alianza por la Calidad de la Educación, el arranque del debate sobre la reforma energética, el posible acuerdo parlamentario para dar, por ley, autonomía a la política social y aislarla del jaloneo electoral, los magros pero no insustanciales acuerdos para reformar algunas reglas del régimen político en la llamada ""reforma del Estado"" son síntomas de que el país empieza a aprender a encaminarse por la vía de la negociación y el acuerdo político.

La buena noticia es que pueden conseguirse acuerdos como el que tanto urge a la educación en el país, que está a punto de hundirse por debajo de la línea de flotación del barco de la República y condena a millones de escolares a la ignorancia funcional. Acaso esa buena noticia se convierta en una perspectiva cierta para un futuro cuya calidad depende de lo que la gente tenga en la cabeza, no en las manos; de la sociedad del conocimiento y la tecnología, no la de la industria de la manufactura y el trabajo rudo.

El acuerdo para modificar la calidad de la educación puede repercutir positivamente en la calidad de la exigencia social hacia el Estado, en el desarrollo de estudiantes y ciudadanos de primera, no de tercera y cuarta como los que abundamos hoy. Capaces de exigir sus derechos y no tolerar más la intolerancia con la que se ceba en la sociedad el sistema de privilegios que se mantiene entre los agrietados cimientos de un sistema político vetusto.

Pero no debemos olvidar que esta noticia, buena en principio, se da en un contexto desalentador, tanto por las condiciones en que está postrada la educación nacional, especialmente la de nivel básico, como por la cargada agenda de la que debe hacerse cargo el Estado para evitar el naufragio de la democracia y la perpetuación del rezago económico y social.

Un primer dato económicamente relevante en este sentido es que mientras que las economías latinoamericanas más grandes han crecido en la última década a un promedio de alrededor del 7%, la nuestra lo ha hecho a un ritmo inferior a la mitad de esa cifra, por los obstáculos estructurales que provienen de taras del pasado. A pesar de que se han aprobado reformas importantes, ninguna de las de gran calado ha conseguido abrirse paso: ni la reforma energética, ni la reforma laboral, ni la reforma educativa (que no es lo mismo que la ""Alianza"" ayer firmada), ni la fiscal (que no es lo mismo que la reforma ""lite"" aprobada el ano pasado), ni el castigo a la corrupción.

zPor qué? La primera parte de la respuesta es que los partidos y actores políticos han encontrado en el statu quo al que arribó la transición democrática un ambiente cómodo para la satisfacción de sus intereses. Para decirlo en forma sencilla, los tres grandes prefieren quedarse en donde estamos que seguir avanzando.

Los tres han obstaculizado consensos para reformar el sistema político y hacerlo más representativo de los intereses de la sociedad mexicana. Por el contrario, todos ellos tienen compromisos inconfesables con los mal llamados poderes fácticos y su control de los hilos fundamentales del poder.

Los tres consideran que hay que preservar el ""presidencialismo"" (y así lo llaman), si bien haciéndole algunos ajustes: cada uno piensa que el de turno le está ""guardando"" La Silla. Ninguno está de acuerdo en emprender el camino de las formas semiparlamentarias que requiere el pluralismo en sociedades altamente heterogéneas, y que ha sido la forma más exitosa de hacer política y política pública en las economías emergentes y, desde luego, en la mayor parte de las sociedades desarrolladas.

La segunda parte de por qué está en la identificación de otro faltante: la formación de una verdadera clase política. Una clase política no es lo que hoy se reproduce en México. No llega a eso.

Independientemente de las diferencias de partido, naturales y necesarias para la democracia, una clase política se conforma con la aceptación de normas esenciales que a todos atanen y competen. Por ejemplo, la negociación por encima de la intransigencia o las normas básicas inscritas en la Constitución del Estado.

Aunque la intransigencia no ha sido privativa del PRD, este partido nos ha ofrecido su ejemplo más reciente con el bloqueo del trabajo parlamentario, con el desconocimiento por parte de su líder carismático de esas reglas básicas de la democracia.

Otros factores, que van más allá del voluntarismo, coadyuvan a retrasar la formación de esta clase política: el alejamiento de la ciudadanía impidiendo las candidaturas independientes, el truncamiento del derecho pleno del voto al descartar la reelección como forma del poder ciudadano para remover o ratificar gobernantes, entre otros.

Todo esto resulta en visiones cortoplacistas, en ausencia de visión de Estado y su síntoma más claro: el erial que ofrece a la vista una cohorte de políticos y políticas entre los y las cuales no puede distinguirse uno o una sola con características de estadistas. Basta mirar las listas de los gabinetes más recientes o los miembros del Congreso o los gobernadores o legisladores de los estados y compararlos con lo que pasa en otras latitudes para sentarse a llorar.

zSe puede romper este ciclo vicioso de la política nacional? Claro que sí pero, lamentablemente, hacerlo implicaría una lucidez y una voluntad política que brilla por su ausencia, ahora sí, en todos los factores determinantes de la política, que han preferido estacionarse en los pactos posibles para eludir los deseables para las transformaciones de envergadura que necesita la nación.

[email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

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