Paola tenía 17 años cuando salió de su natal Caracas, Venezuela, en el contexto de la crisis política y en medio de protestas sociales. Se refugió a 832 kilómetros de distancia en Santa Rosa del Sur, Colombia.
Intentó estudiar Administración en Recursos Humanos, pero se negó a lidiar con el rezago educativo y casi nula oportunidad laboral, por lo que después de reunir un poco de dinero, en mayo de este 2023 decidió migrar a los Estados Unidos junto a su pareja sentimental.
La primera parada fue por dos días en Panamá, 24 días estuvieron en Costa Rica, 17 días en Honduras y 20 en México. En todos los puntos han tenido que trabajar para comer y reunir lo suficiente para poder avanzar en transporte público los tramos largos.
Al igual que los testimonios de más personas, la selva del Darién ha sido el lugar más complicado de cruzar. Paola fue testigo de hechos criminales, violaciones a derechos humanos y hasta suicidios por las condiciones a las que se enfrentan.
“En la selva del Darién hay una parte muy angosta en la que tenemos que pasar agarradas de una cuerda; una muchacha iba con una bebé de menos de tres años de edad y se la encargó a un joven mientras pasaba, pero justo en el momento que comenzó a avanzar, entró en pánico y se aventó”.
La menor de edad —al parecer— fue entregada a las autoridades migratorias de Panamá, pero no hubo cómo constatar lo que había sucedido.
Sin derechos
Junto a su pareja entraron a México por el río Suchiate (frontera natural con Guatemala). En este punto el Instituto Nacional de mIgración (INM) les ofreció traslados gratuitos a la capital de Chiapas, pero debían esperar el turno correspondiente, pues habían más personas en espera.
Por ello, desde hace un mes, en la orilla del río y la plaza central de Ciudad Hidalgo, municipio de Suchiate, se instalaron campamentos en los que grupos de personas solicitantes de asilo y migrantes aguardan a ser llevados por el INM.
“Fue lo peor, esperamos porque si nos presentábamos en el punto del puente (fronterizo “Rodolfo Robles”) nos amenazaron con devolvernos a Honduras, no a nuestro país, y si pagábamos bus, nos detenían más adelante”.
Paola dijo que es no es un pasaje tan gratis, “nos ponen a rechazar todos nuestros derechos en un papel, sobre todo a las personas que viajamos sin niñez y no dejan avanzar si no es con ellos, con Migración”.
Un grupo de personas que fue trasladado días antes recomendó a Paola tomar un taxi desde la estación migratoria “Cupapé”, ubicada en Tuxtla Gutiérrez, y refugiarse en la terminal de autobuses.
Estuvo un par de días e intentaron viajar a Juchitán para tomar la ruta de Oaxaca al centro del país, pero fueron bajados del transporte público en “La Pochota” (entrada de Tuxtla), “ahí perdimos mil pesos de pasajes”.
“Sabemos de personas que toman esa ruta y no las devuelven; creemos que el chofer del bus nos vendió porque se burló cuando nos detuvieron y bajó nuestro equipaje antes de que nos bajaran a nosotros.
“Es curioso que solo podemos viajar con el registro de la cita de la Comar, pero cuando nos bajaron junto a más personas y todas llevaban en mano ese documento, los agentes del INM no se tomaron ni el tiempo de revisarlos”, señaló.
Entonces, nuevamente fueron llevados al “Cupapé”, luego se trasladaron a la terminal de autobuses donde permanecen hasta ahora, reuniendo dinero suficiente para buscar una ruta más segura y avanzar. Mientras, Paola cuida de los bienes materiales y su novio trabaja en una barbería.
Transporte o truco
Paola mencionó que hay cierta confusión entre la información que proporcionan los agentes federales del INM con los trámites ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar). El INM les exige hacer el trámite en Chiapas, pero la plataforma de la Comar indica que se debe realizar en el norte del país.
“Nosotros hemos intentado hacerla, y en cuanto abres la página dice que necesitamos estar en el norte de México. Entonces es algo que aquí no podemos hacer. Es como manipulación, un truco, un engaño que quieren hacernos”.
Paola cuestionó: “¿Quieren que hagamos las cosas a la mala? ¿Cómo hacemos nosotros para salir? Lo que perdemos es la oportunidad de entrar a Estados Unidos, aquí nos la quieren arrebatar”.
Ser mujer y migrante
“Pienso que si nos dieran la opción y garantías para regresar, lo haríamos porque irse es difícil y se gasta mucho”, comenta. Pero también por las vulneraciones que padecen las mujeres, compartiendo que ha tenido que implementar métodos de seguridad para cuidarse.
“A veces es mucha preocupación por cómo nos ven a las mujeres, por ejemplo, yo no me acerco a los vehículos. Mi hermana hace un mes se dirigía en bus a Ciudad Juárez, pero se atravesaron hombres armados y secuestraron el bus completo donde iban más de 60 personas. Le quitaron mil 800 dólares y la separaron de la persona con la que viajaba”.
Paola señaló que las iniciativas que se plantean desde la sociedad civil para apoyar a las mujeres en la migración son fundamentales para vivir una vida libre de violencia, pues dijo sentirse vulnerable desde su país y ahora en México.
Paola planea seguir estudiando y trabajar para apoyar a su madre de 65 años de edad, quien aún vive en Venezuela, “extraño mi barrio, mi gente alegre, ahí todos somos familia y nos apoyamos. Eso añoro”.
De acuerdo con el último reporte de la Unidad de Política Migratoria, dependiente de la Segob, de enero a mayo, Chiapas tiene el registro más alto de detenciones de personas venezolanas con estatus irregular, con 63 mil 459 eventos. Le siguen Tabasco y Veracruz.












