"Dolores Flores * CP. Artemio Alfaro tiene 63 años, de los cuales 21 ha dedicado a la construcción de capillas, mausoleos y hasta cavar fosas. Él, junto con otros siete hombres más, son los ""sepultureros"" encargados de ""bajar a la última morada a los difuntos"" en el Panteón Municipal de San Marcos, ubicado al oriente de la capital.
Sus manos lucen cuarteadas y agrietadas, con callosidades huella del cemento y yeso, de la tierra, materia prima con la que trabaja a diario.
A sus 42 años no tuvo otra opción más que ""entrarle a lo que fuera"" y un conocido lo invitó a trabajar en el camposanto. Ante la escasez de trabajo no tuvo otra alternativa más que aceptar la labor y ahora es uno de los trabajadores más antiguos en el lugar.
Padre de cinco hijos, jamás se imaginó lo que el destino le tenía preparado. Aún recuerda que inició como ayudante de albañilería y con el paso de los años fue perfeccionando a su mentor hasta superarlo y conseguir sus ""propios muertos"".
El sexagenario dice que en este oficio no hay especialidad. Conoce el trabajo de albañilería, tanques, gavetas y mesas. ""Esto fue lo que me hizo seguir superando, mi necesidad me hizo conocer esta labor, pero nunca pensé de esto. Conocí a mis compañeros y aquí me fui quedando"".
El comiteco habla con la mayor naturalidad de su trabajo, no se inmuta al decir que trabaja para los ""difuntitos"", ni siquiera tiene tiempo para tener miedo o cosa que se le parezca.
""No hay tiempo para tener sentimientos porque es algo que uno hace diario. A veces son tres, cuatro, hasta cinco y no digo: '¡hay que dolor!'.""
No lleva la cuenta exacta de cuántos difuntos ha ""bajado"", lo único que sabe es que ya llegó a los mil, entre ellos su señora madre.
""Hay que hacer de corazón duro para sostener lo que uno está pasando por el momento. Para mí ya no hay tristeza, no me da tiempo de llorar, es mi trabajo"", enfatiza el hombre al tiempo que coloca azulejos a una cripta.
Don Artemio, quien viste pantalón café, playera y una gorra que lo cubre del incesante sol que cae a plomo en el camposanto, no cree en los ""espantos"", nunca los ha visto ni escuchado; en cambio sí le teme a los vivos, esos que (aunque son raros los casos) hurtan las cosas de valor de las tumbas.
-¿Le tiene miedo a la muerte?-, se le cuestiona.
-No porque sé que en cualquier momento me va a llegar la hora, mientras no sea por un mano sucia. Será felicidad en el momento en que llegue. Nadie es eterno.
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