Las calles de la heroica Chiapa de Corzo volvieron a recobrar vida. Otra vez los colores y la tradición se mezclaron, en compañía del sonido de los “chinchines”, del tambor y el carrizo que se escucharon más fuerte. El patrón de los parachicos, Rubisel Gómez Nigenda, hizo el recorrido con los más pequeños. El punto de reunión fue el salón “San Sebastián”.
Los pequeños parachicos y las chiapanecas celebraron al santo Niño de Atocha; con entusiasmo, madres y padres de familia acompañaron a los menores. El incesante sol no fue un pretexto para ocultar la alegría de retomar estas celebraciones.
Tal y como lo relató el señor César Blanco, en Chiapa de Corzo la población ya estaba con los “pies calientes”, en relación a que esperaron varios meses, después del tema sanitario por la covid-19 para que los más pequeños salieran a bailar.
Sobre la iglesia de San Jacinto —que abrió sus puertas— las chiapanecas lucieron su primoroso traje; de un lado a otro llevaron la expresión de sus colores. Las máscaras y monteras de los niños también expresaron gran alegría, pues ¡la Fiesta Grande ha comenzado!
“Es una herencia familiar y es una tradición muy aferrada en Chiapa de Corzo. Es la mayor felicidad de todo parachico ver a su hijo participar”, describió César Blanco mientras sostenía en brazos a su menor que tenía puesta la vestimenta tradicional.
Después de tres años de incertidumbre, las familias de este emblemático lugar colonial esperan con ansias salir a danzar.
Con su hijo de un año, don César detalla que se debe seguir la tradición y él se prepara con todo los elementos de su traje para el zapateado.
Desde este 4 y hasta el próximo 23 de enero todo se convierte en fiesta en este pueblo. Chiapa de Corzo, además de las celebraciones que se hacen a san Sebastián, san Antonio Abad o el señor de Esquipulas, es un municipio que está lleno de sabores, pues su gastronomía es otro elemento que invita a las personas a asistir.
Ayer miércoles, el “patrón” dirigió el recorrido con los pequeños parachicos y las chiapanecas; después de que visitaron la iglesia de San Jacinto se dispusieron a cambiar el rumbo hasta llegar a Santo Domingo. Mientras que las familias participaron al regalar alimentos a quienes iban dejando alegría sobre las calles.
Los bordados en varias tonalidades y estilos, además de los sarapes, acompañaban el ritmo de los cantos y la música que emanaba del tambor y el carrizo. Todo lo que envuelve a la tradición de los parachicos —desde hace más de una década— forma parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, declarado por la Unesco.












