La bahía de Paredón se ubica a 13 kilómetros de la cabecera municipal de Tonalá. La única actividad productiva, económicamente hablando, es la pesca, porque de ella dependen cientos de familias.
En el 2013 los habitantes recibieron el impacto del huracán Bárbara, que dejó afectaciones materiales. El pasado 7 de septiembre recibieron la descarga de un sismo de magnitud 8.2. Hasta este domingo la energía eléctrica se mantenía intermitente en el lugar, más de 300 viviendas sufrieron daños.
A casi 96 horas del siniestro la gente aún tiene miedo, algunos de los escombros ya fueron removidos por integrantes del Ejército Mexicano.
También algunas pertenencias fueron sacadas de los hogares para llevarlas a otras viviendas.
“Fue feo porque nosotros estábamos en un mortuario, mis niñas estaban en mi casa y mi nieto, nos queríamos venir rápido pero no podíamos porque estaban las corrientes de agua (que brotaron desde el piso) y los cables cayeron todos”, recuerda doña Marta Hernández Roque, habitante del pueblo.
Su casa, como cientos de viviendas en toda la región Istmo-Costa, fue destrozada en dos minutos. El piso fue levantado y las paredes movidas.
Las personas intentan ser fuertes, pero al ver las viviendas destrozadas, la tristeza regresa, porque tardarán varios años en rehacer su patrimonio. “Nos dijeron que nos iban a dar un apoyo (el gobierno), les dijimos que este es el momento en que lo necesitamos, por nuestros niños que están pequeñitos”, agregó la damnificada.
De 44 años, Hernández Roque recuerda un evento similar cuando era niña. A pesar de la desgracia, su familia alcanzó a salir con vida. La casa de su madre quedó destrozada por completo; sin embargo la puerta del cuarto quedó sellada y aguantó todo el terremoto entre cuatro paredes. “No lo esperábamos (…), mi mamá llora por su casa, pero yo le doy gracias a Dios que ella está bien (…) es lo más importante”, relató.
Cuando ella junto a su esposo llegaron a la vivienda de su papá, algunas personas les auxiliaron para derrumbar la puerta y sacarlos, luego tuvieron que viajar a Tonalá para utilizar los albergues.
“Cuando vi que la casa se venía abajo (…) yo lo que hice fue correr, no encontraba yo una salida, quise abrir la ventana de mi casa pero no se podía (…), la casa se empezó a levantar, si esa era la única salida lo tenía yo que intentar”, recuerda Uriel Aguirre Celaya, un joven de 16 años que estuvo a segundos de morir en medio de los escombros de su vivienda, de dos pisos, la cual quedó sumida entre la tierra.
Él estaba en su cuarto, color blanco y con tocador al fondo, sintió el movimiento telúrico, corrió a las escaleras que se derrumbaban, las paredes colapsaban, no encontraba salida y solamente se encomendó a Dios, porque dice, él te da la vida y él te la quita.
Escuchó un ruido en su cuarto -una barda cayó junto a la pared-, no lo pensó y se aventó del segundo piso (a 8 metros de altura), porque era la única opción, en medio de su agonía y de los cables que hicieron corto circuito, él pidió misericordia a su vida, el Altísimo se la concedió.
Salió corriendo con desesperación a casa de su tía; “gritaba, lloraba, porque era una desesperación que no se la deseo ni a mi peor enemigo”. Siendo hijo único de Víctor Manuel Aguirre Celaya, le pide de la manera más respetuosa al gobernador que no se olvide de esta familia que también perdió su patrimonio. Ellos son, apenas algunas voces, que representan toda la amargura que vivieron cientos de habitantes de la bahía de Paredón, que siguen a la espera de los apoyos, de pie, a pesar de que 300 viviendas resultaron dañadas.












