París vive desde hace una semana una seria ola de violencia: asaltos a edificios p¦blicos, incendio de vehículos, disparos contra policías, aprehensiones, alternativos actos de control policiaco y llamados a la conciliación en los agitados barrios del norte de la capital francesa. Detrás de la reacción por la muerte de dos adolescentes perseguidos por la policía, que recibieron una descarga al tratar de ocultarse en un transformador eléctrico, bullen los fantasmas de la marginación y la creciente migración procedente de las naciones africanas, otrora colonias europeas o territorios bajo su dominio.
Ayer mismo, el primer ministro francés, Dominique de Villepin, hizo un llamado a la calma, al tiempo que anunció que podría tomar medidas extremas para atajar la violencia y ayudar a los habitantes de los barrios del extrarradio de París, donde residen las familias más pobres. Los inmigrantes han recargado la presión demográfica en las franjas sociales menos favorecidas de Francia, atrayendo los sentimientos xenófobos y racistas, y poniendo a prueba la capacidad política francesa, en este caso para asumir sus compromisos con los excedentes de los países que los enriquecieron y con sus obligaciones de defender los derechos humanos, que aquí mismo nacieron y se configuraron como ahora los conocemos.
El flujo de personas a través de las fronteras es un fenómeno antiquísimo, pero su revaloración es de nuestros tiempos. Tiene consecuencias mensurables en la cultura, la economía, la política y la seguridad, pero sus causas nos involucran a todos. La simple existencia de un mundo de abundancia y libertades y otro de miseria y privaciones detona las corrientes de migración, que ni los mares, desiertos calcinantes y barreras copeteadas de filosas navajas pueden contener. Los que emigran prefieren morir en el mar, como las pateras que buscan las costas espanolas, que continuar pasivamente, sin esperanza en sus patrias.
Además, no inmigran como indigentes. Aportan su trabajo a la economía local y proveen con sus hijos nuevas generaciones de gente educada apta para ascender por los canales sociales de sus países de adopción.
El problema de la migración reclama soluciones, ya planteadas entre otros por el jefe de gobierno espanol José Luis Rodríguez Zapatero, que concilie las realidades sociales, los ordenamientos legales y los imperativos de la solidaridad y de los derechos humanos.
En el caso de París, al problema evidente de la inmigración se anaden las insuficiencias en las atenciones de la economía, la salud y la educación de importantes porciones de la sociedad francesa, mismas que apenas alcanzan a obtener un sitio en las orillas de la ciudad del Sena.
El voto en contra de la Constitución de la Unión Europea y los motines de ahora en París, son llamadas de atención de un mismo problema subyacente, pero no atendido con eficacia. La gran nación de la Revolución Francesa, que también fue la gran metrópoli colonialista, debe aprender a encarar una situación que ella misma contribuyó a crear. Es hora de liquidar la vieja factura de los bienes recibidos en el pasado. Hubo soluciones políticas y diplomáticas, pero quedan pendientes las soluciones humanas, sociales y económicas. Nadie en el mundo puede prosperar solo, rodeado de pobreza, hambruna, injusticia y opresión. Los débiles se acercan irremediablemente a la bien provista mesa del afortunado y poderoso. Hay maneras de convivir en paz y en justicia. Hay modos de compartir las riquezas y los bienes, que también son patrimonio de toda la humanidad. (El Universal).











