Presenciamos dos espectáculos que ilustran los limitados alcances de un sistema democrático que ya veíamos en proceso de asentamiento, después de tenerlo siempre como una remota aspiración, salvo en un par de breves parpadeos.
Se trata del lastimoso vía crucis del Partido de la Revolución Democrática en lo que debió ser un renido pero limpio ejercicio electoral interno y que amenaza con quebrar el espinazo de la agrupación de izquierda -con todas las objeciones- que mayor fortaleza institucional ha tenido en la historia de México, y de la pueril decisión del Instituto Federal Electoral de mostrar de lejitos, en una urna transparente, las boletas de votación de los controvertidos comicios del 2 de julio del 2006, para después incinerarlas.
Nadie va a cambiar ya los resultados calificados de la elección presidencial, pero tenemos derecho, simplemente con apelar a la Ley de Acceso a la Información, de volver a sumar voto por voto y verificar si de verdad las impugnaciones, como parece, carecían de sustento, o si el conteo fue alterado de algún modo para que no correspondiera a la voluntad de la mayoría de un electorado dividido por partes casi iguales.
En cualquier caso, nuestro sistema debe calibrarse de modo que disponga de recursos para poder resolver virtuales empates en la votación, improbables pero no imposibles, e intentos de una fracción parlamentaria de impedir la toma de posesión del nuevo mandatario, aunque sea un acto de protocolo constitucional, pues la asunción del mando es automática a la entrada del 1 de diciembre.
El presidente de Estados Unidos hace su juramento frente al Capitolio, ante el presidente de la Suprema Corte.
Nadie puede asegurar que la historia no va a repetirse. Es mejor estar listos ante esa eventualidad. (El Universal)











