Los principales partidos políticos nacionales se encuentran debatiendo las formas y los mecanismos que habrán de utilizar para seleccionar a sus candidatos a puestos de representación popular, rumbo a los comicios federales del próximo ano. Lo hacen en un ambiente de encendidas disputas internas y normales discusiones, que por momentos llegan a ser estridentes.
En el Partido Acción Nacional (PAN), por ejemplo, ya han determinado que la selección de su candidato a la Presidencia de la República se haga a través de una votación directa de sus miembros activos y adherentes que modifica su tradicional sistema de votación vía consejeros electorales, lo que ha generado suspicacias en una parte de su base militante, que tiene razones para pensar que tal sistema sólo beneficiaría a un candidato en particular. Los cuestionamientos se multiplican, amenazando la unidad partidista.
Por lo que respecta al Partido de la Revolución Democrática (PRD), estaría por analizar la conveniencia de escoger mediante un plebiscito al candidato de dicho partido a la Presidencia de la República, una vez que el esquema de elección interna se ha alterado con la decisión del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas de no participar en la misma. Su dirigente nacional, Leonel Cota Montano, anunció dicha posibilidad y descartó que la actitud de aquél genere una desbandada de perredistas.
Sea cual fuere al final la forma en que ambos partidos y el PRI en su momento decidan resolver sus métodos de selección, es un hecho que lo tendrán que hacer de la manera más democrática posible, sin escisiones ni cismas de por medio.
La democracia nacional, para fortalecerse, pasa por un primer filtro que es que en el interior de los partidos políticos se ejerza una verdadera democracia, donde sean las bases militantes, las mayorías, quienes decidan libremente a sus representantes populares.
De nada le sirven al país partidos antidemocráticos o débiles, porque la falta de respeto a dichos principios a nivel interno sólo la extrapolarían a la vida nacional y debilitaría así nuestro sistema político. Tampoco son útiles a la nación institutos políticos fracturados y pulverizados a su vez en minúsculas formaciones militantes, donde predominen los liderazgos iluminados y caudillistas, que sólo retrasarían la entrada en vigor de la democracia mexicana. No es posible ya, a ningún nivel, regatear a las bases partidistas su derecho a elegir democráticamente a sus candidatos.
La contienda de 2006 para ser válida se tendrá que hacer entre partidos fuertes, sin graves crisis internas. Estamos a tiempo de revisar si, en efecto, los métodos de selección panista benefician a Santiago Creel, como afirman sus críticos; y también es oportuno evaluar las consecuencias de que el ingeniero Cárdenas, en el PRD, se mantenga al margen del proceso interno de selección, al tiempo que se plantea la candidatura de Andrés Manuel López Obrador como única e inobjetable.
El próximo ano han de presentarse a la ciudadanía opciones políticas serias, con proyectos de nación sólidos, abanderados por personajes electos por la mayoría de la base militante de sus respectivos partidos. Esa es la única forma en que la democracia en el país avanzará en su azaroso viaje hacia mejores estadios de desarrollo.
Esperamos que, por el bien del país, las disputas internas que vemos estos días en los partidos sólo sean borrascas propias de su debate interno, que sean rápidamente superadas sin fracturas de por medio. (El Universal)











