“¡Me acuerdo que mi primer maquillaje fue con pintura para labio!”, suelta entre carcajadas Carlos Manuel González Álvarez, quien desde hace 24 años da vida al payaso “Pelotita”; la ilusión, la admiración y después la necesidad laboral lo llevaron a incursionar en este noble oficio que, junto con su familia, lo han convertido en toda una faena callejera en Tuxtla Gutiérrez.
“Pelotita” abrió a Cuarto Poder las puertas de su hogar ubicado en la colonia Las Casitas; hace un par de décadas, dice, también se pintaba con carbón o con el sobrante de la gasolina quemada en los escapes de los vehículos. Hoy le toma 60 minutos cubrir su rostro, ha profesionalizado su técnica.
A un costado del reloj floral, un punto muy conocido en la ciudad, comienza la faena callejera; con una rutina de 90 segundos -cada que el color del semáforo lo permite- es como se ganan la vida. La pandemia de los últimos meses les quitó la posibilidad de llevar su espectáculo a lugares más cerrados.
A “Pelotita” y familia les toca sortear las inclemencias de un calor incesante en la ciudad y la prisa de una población en movimiento. Con música infantil, acompañado de María de los Ángeles González Hernández (su esposa) y del payasito “Chonchito” (su hijo), llevan un momento de diversión a quienes transitan por la capital.
Hace más de dos décadas Carlos Manuel, en su faceta de artista, tuvo como primer escenario los Tuguchis (transporte público) que se movían en las calles locales. Con el paso de los años el abanico de ofertas se abrió: lo contrataban en fiestas, celebraciones de XV años, en eventos escolares o conmemoraciones infantiles.
En la actualidad, “Pelotita” ofrece un show que va acompañado con botargas, artículos de magia o malabares, a diferencia de sus inicios cuando apenas lo acompañaban un par de pelotas; las mejores anécdotas las han vivido con los niños, ven a los payasos como la expresión máxima de un artista ¡y lo son!
“Somos personas que vivimos de la aglomeración, no podemos dar un espectáculo para dos. La pandemia nos bajó a cero, tenía un carro -modelo 84- y lo tuve que vender, estuve seis meses sin trabajo, sin nada”, recuerda mientras con su mano derecha cubre parte de su rostro con pintura blanca.
El semáforo epidemiológico en naranja les permitió usar, de nueva cuenta, los trajes y las botargas; se iban a la calle dos horas para regresar a su hogar antes de las 3 de la tarde. Carlos Manuel y su personaje también han soportado las críticas por llevar a sus menores al trabajo, pero no tiene más opción.
Su hijo mayor, Carlos Eduardo González González (de 12 años), comenzó en el oficio hace dos años y medio. Apoya con los malabares, es payaso y acompaña a su hermano que se viste de un personaje muy conocido de Disney. Desde hace seis años, “Pelotita” guarda a sus tres hijos en su piel con tinta permanente.
Alan Rodrigo tiene nueve años; él se viste de “Pepo” (otro personaje conocido) y junto a su madre bailan sobre el crucero del reloj floral. Cuando termina la rutina, se acercan a los vehículos para obtener una moneda. En la actualidad los capitalinos respetan y admiran este oficio.
“No nos han tratado mal, no nos pasan a insultar; recuerdo que cuando estábamos más chicos había gente que nos gritaba: busquen trabajo, eso es fácil -ser payasos-, hay quienes nos aplauden o se paran en sus coches y se toman la foto”.
Con 37 años de edad, González Álvarez señala que el éxito no está en recibir tanto dinero en sus espectáculos, su trabajo le ha permitido tener de cerca a su familia. Su sueño profesional es montar una empresa de diversiones, porque sabe que el tiempo no perdona y que los años en algún momento acabarán con las habilidades que ahora tiene.
Mientras eso llega, disfruta de los 90 minutos que dura un show infantil.












