Petateados, los muertos del Tuxtla antiguo

El panteón antiguo de Tuxtla Gutiérrez, un espacio visitado en fechas de festejos. Daniel Oropeza / CP
El panteón antiguo de Tuxtla Gutiérrez, un espacio visitado en fechas de festejos. Daniel Oropeza / CP

Mucha de la historia de los pueblos puede encontrarse en sus panteones y las procesiones del entierro. En el caso de Tuxtla Gutiérrez, el Panteón Municipal es ejemplo de cómo el paso del tiempo ha creado una cultura fundamentada en el sincretismo.

Al respecto, el cronista municipal Alejandro Sánchez contó el origen de este espacio y las prácticas que se realizaban antes.

Aldea zoque

Dijo que, en sus orígines, lo que hoy es Tuxtla Gutiérrez fue una aldea zoque y cuando fallecía un individuo era enterrado donde el deudo escogía, con sus pertenencias personales; o sepultado en cuevas, dejándole objetos como silbatos y utensilios de madera.

Se han encontrado ollas de barro conteniendo esqueletos de niños. Con el andar del tiempo, los españoles impusieron su religión y los naturales terminaron por aceptarla. Para entonces, enterraban a sus muertos en las afueras de la iglesia de San Marcos, después en los alrededores de la ermita de San Roque, en muchos de los casos, envueltos en petates. De ahí el término: “se petateó”.

Reforma

Después, las leyes de reforma mandan a enterrar a los difuntos en las afueras de las poblaciones por higiene y temor, ya que en esa época era mucha la mortandad por epidemias.

En 1859, el gobernador Matías Castellanos reglamentó la Ley de Panteones (de secularización de cementerios) y en su artículo 2º, se señalaba: “Se establecerán cementerios en la parte de ejidos de las ciudades, villas, pueblos y lugares que a juicio de dos peritos por lo menos reúnan las circunstancias que previene el artículo 16 de la ley que se reglamenta”.

El origen del panteón viejo

Así, desde aquellos ayeres, el panteón que se ubicaba en las afueras del templo de San Roque fue clausurado, y en su lugar se inaugura el Panteón Municipal el 21 de marzo de 1870, localizado entonces fuera del Fundo Legal, rodeado de terrenos sembrados de maíz.

La entrada aún en la década de los años cincuenta del siglo pasado, se ubicaba a la altura del actual segundo tanque de agua; hoy se extiende desde la cuarta a la novena Sur, abarcando la novena, décima y once Oriente.

Ese lugar fue testigo de fusilamientos y ahorcamientos en tiempos de la Revolución. Algunos de aquellos árboles aún existen y pueden contar esas historias.

En sus más de 150 años, la ciudad de los muertos ha tenido a varios guardianes o administradores. Uno de ellos de gratos recuerdos, Jesús Flores Selvas, mejor conocido como “La Crisis” o “El Arrecho”.

En su aportación, el cronista señala que en la necrópolis todos somos iguales. Ahí se terminan odios, discordias, enemistades, etc.

La campana suena parejo para todos; sin embargo, hay personajes que dejaron honda huella en su paso por la ciudad de los conejos, como gobernadores, presidentes municipales, militares, políticos, servidores públicos, artistas, cantantes, poetas y poetisas, escritores, promotores culturales, revolucionarios, médicos, deportistas, líderes y cronistas.

¡No somos nada!