Entre los recuerdos de sus dos hijas, que son las entrevistada, destacan que al salir del país después de retirarse como titular de la Secretaría de Gobernación, su padre, Patrocinio González, dejó de fumar a pesar de que era un tabaquista empedernido; asimismo, aprendió a nadar y computación.
El exgobernador permitía a sus hijos que lo vieran en su vida pública, pero de lejos y nunca tuvieron privilegio alguno.
Lo último es revelado por J, quien especifica que en alguna ocasión, estando en la parte trasera de la Cámara de Senadores se percató de lo siguiente: como su padre acostumbraba quitarse los zapatos cuando estaba sentado, sus compañeros le escondieron su calzado antes de que hiciera uso de la palabra. Su padre decidió subir descalzo a tribuna y dar un gran discurso. Al salir… “Y precisar lo que había sucedido, nos reímos un buen rato. Invité a comer a mi papá y bromeamos aún más por lo sucedido. Él es capaz de reírse de sí mismo”.
J relata que le acompañó durante su campaña por la gubernatura, pero nunca en su comitiva. La dejaba ir con la avanzada y regresaba con quien le diera un aventón… “Tampoco me subía al presídium por ser su hija, lo veía desde abajo con la gente. El no ir como familiar del candidato me daba mucha libertad y me hacía sentir chiapaneca, que es lo que él quería”.
Antes de ser gobernador ya le habían ofrecido esa responsabilidad, pero de última hora los designados fueron otros. Afortunadamente tiene una gran capacidad de resistencia a la frustración, dice la mayor de las hijas.
Siendo adulta -expone P- supe que de niño mi padre, durante dos años consecutivos, pidió un tren a Santa Claus, pero no se lo llevaron. Una navidad, él tenía 60 años, a escondidas le dejé un tren eléctrico bajo el árbol navideño, debidamente envuelto que armó de inmediato. Siguiendo mi broma, al vigilante del edificio en que viven le preguntó si no había visto entrar a su domicilio a un hombre gordo vestido de rojo y barba blanca. Le tiene mucho cariño a su tren, lo ha jugado en ocasiones.
Mi madre es puro corazón, amor y diálogo, describe J, y añade: “Papá y mamá son padres muy amorosos y nos cuidaron mucho”. La mayor de las hermanas apunta que su madre siempre ha sido el lado dulce y la presencia constante del día a día, además -agrega-, “es una excelente cocinera… Pregúntale a mi papá del strudel de manzana que ella hace”.
Cuando fue director de la Escuela de Derecho de la Universidad Anáhuac, vieron cómo los estudiantes querían a su padre y cómo mejoró el rendimiento académico y la puntualidad de los maestros, entre otros logros, pero también cambió favorablemente la vida de algunos alumnos. “De esto último podríamos hablar mucho…”, dice J.
Como delegado del PRI en Guanajuato -tuvo esa misma responsabilidad en otros estados-, cada vez que regresaba llevaba cajeta a sus hijos. P dice que le gustaba mucho ese dulce “y porque significaba que mi padre había regresado y aunque fuera por pocos días, siempre tenía tiempo para escucharnos”.
Al preguntarles sucesos desagradables por la participación de don Patrocinio en la vida pública, una de ellas manifestó no recordar ninguno. P manifiesta que después de que él dejó Gobernación, entraron a su casa a robar, pero sólo se llevaron artículos personales como fotos y videos de sus hijos. Desde los EEUU en donde se encontraba, intervino su padre ante las autoridades de ese entonces, solicitándoles que ese acto no volviera a repetirse.
Hacen saber que en 1973 con sus otros hermanos, sus padres, nietos y abuelos, hicieron un placentero viaje a Oriente, en donde visitaron muchos templos. El único inconveniente fue el arroz de sabor desagradable. Las dos recuerdan que su madre llevaba en su bolso muchos rollos para la cámara fotográfica de papá.
J rememora la vez que viajó sola con él a EEUU, lo que le había llenado de alegría, pero también de confusión porque desconocía el motivo de ese paseo. Al segundo día la llevó a una tienda de mascotas y le pidió que eligiera un perro, “lo que me dio muchísima alegría porque me había llevado a comprar lo que más anhelaba y ello significaba que me conocía más de lo que suponía”.
P asegura que desde chica le gustaba ir a visitarlo a su oficina. Aunque solía estar ocupadísimo, siempre tenía un momento para decirle que le agradaba que hubiera ido a visitarlo. Esas veces -añade- yo destinaba tiempo para observar el funcionamiento de la copiadora, “que era toda una revelación tecnológica para mi”. De adolescente, también iba a verlo a su trabajo y lo esperaba para ir juntos a comer a casa. Esto pasó muchas veces cuando él fue delegado de la Miguel Hidalgo. “Carlos Hiram, otras veces íbamos las dos, pero como haz pedido te hablemos en singular, omito referirme a Josefa”.
En otro momento, P alude a los problemas académicos que tuvo en la secundaria con la materia de biología. “Las horas que mi papá me dedicó para actualizarme en esa asignatura son de quitarse el sombrero”.
Agrega J que cuando tenía ocho años los llevaron por vez primera a Bellas Artes, a la ópera. Al igual que sus hermanos, estuvo impresionada por lo imponente del recinto, además de la poca atención que puso a esa presentación. Sólo había adultos, eran los únicos niños. Esa vez -agrega la quinta de las hijas- “…me pidió que me sentara junto a él y me sentí la niña más afortunada del mundo. Visitas posteriores despertaron nuestro interés por ese tipo de música y la clásica”.
P repasa que cuando ella tendría ocho o nueve años, su padre avisó que no iría a comer y le preocupó que fuera a pasar hambre, por lo que le preparó un sándwich cuyos ingredientes recuerda con nitidez, “lo envolví en kilómetros de papel aluminio y le pedí a mi madre que se lo llevara a la oficina. A la mañana siguiente había un mensaje en mi buró en el que me agradecía preocuparme por él y que el sándwich había estado riquísimo. Ignoro si recuerde este detalle”.
P revive que sin importar la hora en que llegara de trabajar, muchas veces su gestión terminaba en la madrugada, le gustaba que por las mañanas fuera a darle un beso antes de ir a la escuela. Añade que como ella se bañaba temprano, “lo empapaba con mis greñas mojadas, hasta que un día muy cariñosamente me pidió que me recogiera el cabello para ya no mojarlo. Te comento que no me sentí mal por sus palabras, lo hizo con mucha ternura y delicadeza”.
Mencionan que nunca sabían si irían de vacaciones con él, porque siempre fue muy responsable en sus empleos, en esos casos viajaban con su madre y los abuelos, Salomón y Josefa.
Las dos aluden las veces que de pequeñas iban los fines de semana a la casa que tenían en Cuernavaca, en donde se la pasaban muy bien. “Había una mesa de billar y mi papá era el mejor; como en todo (P) “jugaba ajedrez con su papá y después nos enseñó a nosotros, sus hijos, para que jugáramos con él (J)”.
De pequeñas, aseguran que, aunque papá las cuidaba mucho y mamá les daba mayores libertades, dejaron disfrutar de su niñez a todos sus hijos.
Actualmente, asegura P, él tiene otros proyectos de vida que maneja con discreción y es perseverante en ellos. “La política ha sido siempre su pasión y su vocación es servir…”
De diferente manera, las dos expresan que don Patrocinio tiene habilidad para establecer relaciones permanentes y agradables. Algunos de sus amigos fueron sus compañeros en la preparatoria. De manera reiterada dicen sentirse orgullosas de su papá.
Ahora durante la contingencia, saben que disfruta de la comunicación constante con la mamá de ellas, de estar al tanto de los demás de la familia y de Aluxes, de lo que se publica en la prensa, de los libros que pareciera que los tuvieran en fila para leer uno tras otro, y de chatear o hablar por teléfono con sus amigos. Penélope, quien es su primera bisnieta, lo tiene loco de amor por ella, tiene nueve meses de edad y está con ellos. Por la amenaza del coronavirus los padres de Penélope no pudieron regresar a Inglaterra, que es donde radican.
Al recordar el propósito de esta charla, es J quien dice que, a su juicio, su papá no menosprecia ni exagera su desempeño en su familia, “fue y sigue siendo un excelente padre”.Segunda y última parte












